domingo, 9 de agosto de 2009

Colegas a la fuerza

Propone: Juli
Comenta: José Antonio

Si en las películas de terror es ya un tópico que el negro es uno de los primeros en morir, en algunas zonas del sur de los Estados Unidos cuando matan a alguien al primero que detienen es al negro. De esta situación parte “En el calor de la noche”, un clásico del cine americano protagonizado por Sydney Portier y Rod Steiger, la propuesta de Julián para el Cinegolfa. Un hombre aparece asesinado en plena madrugada en un callejón en una pequeña población sureña y el ayudante del sheriff detiene como su primer sospechoso a un negro trajeado que está esperando el tren en la estación. Al llegar a la oficina del sheriff para identificarle, descubren que no sólo no es el sospechoso que buscan, sino que también es un respetado agente del departamento de homicidios de Filadelfia. Su preparación profesional pega mil patadas a todos los policías del pueblo. El investigador de homicidios Virgil Tibbs (que lógicamente interpreta Sydney Portier) decide meterse en el caso, pese a las reticencias de los agentes locales, que no soportan como un negro venga a decirles como hacer las cosas. El sheriff (Rod Stieger) será reacio a colaborar con él pero, a medida que ambos se van conociendo, aprende a respetarle y hasta empiezan a hacerse amigos y todo. El duelo interpretativo entre ambos actorazos es una de las grandes bazas de esta película.

La cuestión racial está de fondo en este título, rodado en el año 67. No en vano, su director Norma Jewison pasó buena parte de los años 50 recorriendo el sur de los Estados Unidos y viendo el odio y la discriminación que padecía el colectivo de color, o afroamericanos que es la expresión políticamente correcta que se usa ahora. De hecho, el racismo y la lucha por los derechos civiles han sido temas clave que ha tratado en su carrera cinematográfica.

El personaje del sheriff admira las habilidades deductivas del agente de color. Sin embargo, cuando realmente empieza a respetarle de verdad es cuando se da cuenta de algunas de sus debilidades, lo que le hacen para él una persona real y de carne y hueso. Tibbs en el fondo disfruta de dar una pequeña lección de su superioridad a todos esos pueblerinos, que le desprecian únicamente por el color de su piel. En un momento dado, Tibbs va a ver al cacique del pueblo (que supura racismo por todos y cada uno de sus poros) sólo para hacerle sufrir en sus carnes que puede ser sospechoso y que no está por encima de la ley., a pesar de que no hay ninguna prueba sólida contra él. De hecho, al final ni siquiera resulta ser el asesino. En este caso, el detective de homicidios comete el mismo error que los agentes de la oficina del sheriff: anteponer sus prejuicios raciales a la hora de ponerle en su lista como el primer sospechoso.


La fórmula de dos policías de carácter antagónico teniendo que colaborar en una investigación con cierto tono de comedia ha sido llevada al cine en infinidad de ocasiones, especialmente en los 80, aunque no sé si ésta es la que la inició. Tenemos “Límite 48 horas”, la saga “Arma letal”, “Danko calor rojo”, “Tango y Cash”, “Black Rain” o por poner un ejemplo más reciente “Hollywood departamento de homicidios”. Un subgénero que se ha dado en llamar “buddies movies” o películas de colegas.

Por su parte, Sydney Portier repitió su personaje de detective de homicidios en otras dos películas más: “Ahora me llaman señor Tibbs” (1970) y “El inspector Tibbs contra la organización” (1971), con resultados comerciales más discretos e inferiores a ésta. Paradójicamente, el que ganó el Oscar fue Rod Steiger por su interpretación del sheriff en “El calor de la noche”, aunque no intervino en ninguna de las otras dos secuelas. Portier de todas maneras ya había sido el primer actor de color en ganar un Oscar en el año 1963 (cuatro años antes que ésta) por “Los lirios del valle”.

“El calor de la noche” ganó en su día cinco Oscars, entre ellos el de mejor película.

sábado, 1 de agosto de 2009

Golfa remember: Entre la lucidez y la locura

Propone: Pepe
Comenta: Jose Antonio

El cine y la literatura se ha dedicado muy habitualmente a imaginar cómo será la humanidad dentro de unos años. Para unos puede ser un lugar paradisíaco o un lugar sombrío en el que el ser humano es un mero instrumento de un estado totalitario. Este es el futuro sombrío que ofrecía “Doce monos”, una de las primeras propuestas que nos trajo Pepe al Cinegolfa y que repasamos en la sección Remember.

“Doce monos” está dirigida por el ex Monty Python Terry Gilliam y ofrece un futuro muy negro para la humanidad. Más pesimista aún que Brazil, otra incursión futurista del director. La superficie del planeta ha quedado inhabitable por los efectos de un devastador virus de laboratorio que fue liberado en la década de los 90 matando a millones personas, en lo que parece ser un ataque terrorista. Todo apunta a que los autores fueron los miembros de un grupo radical llamado el Ejército de los Doce Monos. Los hombres viven hacinados en cuevas húmedas y frías. Bruce Willis es un recluso que resulta elegido como “voluntario” para viajar atrás en el tiempo y averiguar el origen del virus para tratar de impedir la masacre.

El problema es que nadie le cree. Si se nos aparece un tío medio sonado que dice que viene del futuro con la misión de salvar a la humanidad, lo más normal es que todo el mundo piense que es un chiflado. Y ahí es donde lo mandan, al manicomio. La película juega con esa delgada línea que separa la cordura de la locura, dejando la duda de si la historia de Willis es cierta, o se trata de los delirios de una mente paranoide. En su viaje en el tiempo entablará amistad con dos personas, otro enfermo mental y una bella psiquiatra, El primero está encarnado por Brad Pitt y es quien está destinado a ser el futuro líder del Ejército de los Doce Monos. La psiquiatra es Madeleine Store que se acaba enamorando de Bruce Willis y ayudándole en su misión. ¿Es amor o síndrome de Estocolmo? (¿Es un personaje malvado por no hacer su trabajo en lugar de dar alas a las fantasías conspiranoicas de su amante?). La banda sonora, detestada por algunos, sirve para reforzar ese viaje al interior de la locura.


El mito de Casandra contaba la historia de una mujer a la que se le otorgaba el don de ver el futuro y las tragedias que quedaban por venir; pero la maldición de que nadie la creería y por tanto no podría evitarlas. En esta situación, es en la que se encuentra Bruce Willis. Además, con esto de los viajes en el tiempo, está encerrado en un bucle destinado a repetirse eternamente. A fuerza de ver la película repetidas veces, queda la esperanza de que alguna vez consigan avisar a tiempo e impedir la debacle de la humanidad.

miércoles, 22 de julio de 2009

HISTORIAS DE PELUQUERÍA


Propone: Belén
Comenta: Pepe
Una agradable sorpresa nos deparó Belén en su última aportación a la cosa esta del cineclub. El marido de la peluquera es una pequeña película en pretensiones y brevedad, lo cual es muy de agradecer en los tiempos que corren, que consigue emocionar con su sensibilidad estética y su erotismo de bajo voltaje, su atmósfera onírica a medio camino del Fellini de Amarcord y el Bigas Luna de Jamón Jamón (con quien comparte actriz, Anna Galiena), su historia sencilla y su ritmo pausado, su sorprendente final, que sin embargo es coherente con lo que íbamos viendo, con esa especie de tristeza, de angustia, que vive agazapada en cada una de sus imágenes…

Se trata de una película francesa del año 1990, y supuso el mayor éxito hasta la fecha de su realizador, Patrice Leconte, que después ha hecho películas como “el perfume de Ivonne”, que intentaba seguir los parámetros artísticos de esta peluquera y su esposo, sin conseguirlo, o “Ridicule”, reconstrucción historicista del versalles dieciochesco y su obsesión por las formas, por citar las más conocidas. Las que yo he visto no están mal, son lo que los críticos calificarían como “películas correctas”, pero nunca comparables en resultados, éxito y reconocimiento al film que nos ocupa. Y es que hay películas que no se sabe por qué tienen un encanto especial, una especie de estado de gracia que las hace diferentes, y que cuando se intenta repetir es muy raro que funcionen. ¿Será eso la tan traída y tan llevada magia del séptimo arte?

A grandes rasgos, la película cuenta la historia de un hombre cuya única ambición en la vida, su única vocación desde la infancia, es convertirse en el marido de una peluquera y observarla embelesado desde los asientos de la zona de espera, porque ya de pequeñito iba más de la cuenta a cortarse el pelo, obsesionado con los generosos pechos de la peluquera del pueblo, una maternal señora entrada en carnes, cuyo destino se repetirá en el de la esposa del protagonista. Estoy intentando hacer malabarismos para no contar el final, pero los que hayáis escuchado la canción que Pedro Guerra dedicó a la película, sabréis ya como acaba todo.

En suma, una hermosa historia de amor, alejada de tópicos, sensible pero no sensiblera, sencilla y conmovedora, rebosante de vida y a la vez atravesada por una profunda tristeza, con la idea final de que a veces no sabemos disfrutar de lo que tenemos porque nos paraliza el miedo a perderlo. Eso es lo que nos enseña esta película, si es que queréis buscarle alguna enseñanza.