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lunes, 9 de marzo de 2015

Un buen comienzo para un buen final

Propone: David
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Decía nuestro compañero comentarista Rubén en su anterior comentario, a propósito de El vientre del arquitecto, que una película que empieza con un polvo le echa para atrás por considerarlo un recurso fácil para atrapar al espectador. Cierto es que el sexo vende y que todos, en mayor o menor medida, nos dejamos engatusar y compramos. Leyéndole entonces, sin embargo, pensé en el polvo que abre la peli que hoy nos ocupa. Una escena soberbia que nos prepara para una historia sórdida y negra, muy negra, pero a la vez tremendamente atractiva, en la que las más bajas pasiones mueven el mundo de los personajes: El poder, el dinero, las adicciones, el sexo,... Todo eso está en esa primera escena, en ese primer polvo y la conversación del “cigarrito de después” entre Philip Seymour Hoffman y Marisa Tomei, rodado con precisión y maestría por Sidney Lumet. Dicen que la secuencia que abre una película debe dejarnos claro qué vamos a ver, que una buena historia en su primera escena contiene su “manifiesto”.  En este caso, pues, podemos decir y decimos que un polvo es un gran comienzo.


Un comienzo que no defrauda a posteriori como ocurre demasiado a menudo. Además de la labor de Sidney Lumet, al que ya tuvimos ocasión de admirar en 12 hombres sin piedad y Tarde de perros, no podemos dejar de reseñar la labor de los intérpretes que del primero al último están estupendos en sus papeles. El tristemente desaparecido Philip Seymour Hoffman y el no siempre tan solvente Ethan Hawke interpretan a los hermanos protagonistas. Junto a ellos destaca la mujer que comparten, una magnífica Marisa Tomei en plenitud que se come literalmente la pantalla, y algunos secundarios de auténtico lujo como Albert Finney.

Así, poco a poco, sin prisas pero sin aburrir, sintiéndose seguro de su historia y sus actores, Lumet va construyendo con rigor y oficio un film lleno de crudeza que recuerda a clásicos como Atraco perfecto (Stanley Kubrik, 1956) o La jungla de asfalto (John Huston, 1950). Una de esas cintas en las que queda claro que lo que vamos a ver es un auténtico camino a la perdición en el que la redención podrá atisbarse al final del viaje, pero a menudo será solo una ilusión. Como dice el título, al final podrás pasar media hora en el cielo, o acaso conocer los cinco minutos de gloria que todo el mundo merece, pero tarde o temprano el diablo se enterará de que has muerto y reclamará lo que es suyo por derecho.


Antes de que el diablo sepa que has muerto fue la última película que dirigió Lumet antes de su muerte en 2011. Un magnífico colofón para una carrera llena de títulos imprescindibles.


lunes, 15 de septiembre de 2014

Los ilusionistas, parte 2

Propone: José Antonio
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Al proponerme a mi mismo comentar La invención de Hugo en este nuestro querido blog, me vino inmediatamente a la cabeza el post que escribí sobre Encuentros en la tercera fase, allá por diciembre de 2011. Al volver a él ahora, además de constatar que hubo un tiempo en el que los comentarios de un post podían rozar la veintena, me he dado cuenta de que lo que pretendía decir de la película de Martin Scorsese que hoy nos ocupa estaba más o menos condensado en el primer párrafo de aquél. No porque Spielberg y Scorsese pertenezcan a una misma generación, que también. La generación de cineastas que eclosionó en los setenta, y que comparte discursos  y rasgos estilístico, a pesar de generar obras tan variopintas. No, nos vino aquel comentario a la cabeza principalmente porque entonces empleábamos el nombre de George Meliés para caracterizar (y reivindicar) el cine pionero que se hizo grande en las casetas de feria; más entroncado con los espectáculos de variedades que con la alta cultura; un cine cuya misión única era maravillar al espectador, sorprenderle, impactarle y dejarlo boquiabierto con sus trucos. Un cine al que regresó Spielberg, y al que también regresaremos hoy, por partida doble.

El cine de los ilusionistas, decíamos entonces, y precisamente extraíamos esa nomenclatura del documental que el propio Scorsese dedicó en 2005 a la historia de la cinematografía norteamericana. Y ahora comentamos una película de Scorsese en la que George Meliés es el personaje clave de la historia. Una película sobre el primer ilusionista (Meliés fue mago antes que cineasta) que vio el potencial del invento de los hermanos Lumiére y se lanzó a exprimirlo, abriendo el camino a muchos otros. Y además, una película hecha con mirada y estilo de ilusionista.

La invención de Hugo es, pues, además de una bonita historia de aventuras ambientada en el París de entreguerras, una encantadora lección de Historia del cine, porque aunque algunos querrán ver incongruencias históricas o inexactitud de datos, o criticarán la mezcla de fantasía y hechos reales, olvidarán que la mejor manera de explicar aquel cine mágico es con una película tan mágica como esta. Scorsese se aleja del estilo y contenidos al que nos tiene acostumbrados, más oscuro, adulto y desencantado; casi cínico. Pero todo cuadra. Aquí su manierismo, su minuciosidad, su gusto por el detalle, se vuelcan en hacer lo que hicieron los pioneros: Exprimir el potencial técnico de una nueva tecnología (no en vano es la primera incursión de Scorsese en el terreno del último intento de popularizar el cine en 3D) y llevarla a cotas nunca antes vistas. Y maravillarnos. Ser un ilusionista, otra vez.

¿Y nosotros? Nosotros, como espectadores, tener la suerte de poder ver el cine de nuevo con los ojos del niño protagonista, ser inocentes como eran los espectadores de principios del siglo XX, como lo fuimos todos un día, quedarnos boquiabiertos y ojipláticos (dejarnos reencantar, que diría nuestra compañera Esther) como si fuera la primera vez. Un gustazo, oiga.


viernes, 17 de enero de 2014

Presunta obra menor

Propone: Esther
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Francis Ford Coppola es comúnmente reconocido como uno de los grandes de la historia del cine. Aunque sólo fuera por haber creado una trilogía como la de El Padrino, que debería ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, yo no puedo sino estar de acuerdo con esa afirmación. No es de extrañar, pues, que al afrontar el comentario de La Conversación, la expresión “obra menor” sobrevuele nuestras mentes, ya que fue estrenada justo entre las dos primeras partes de El Padrino, el mismo año que El Padrino, parte II ganó seis oscars.  Pero sería injusto porque estamos ante una película de acabado brillante, construcción depurada y excelentes resultados. Una película de producción más modesta, sí, pero que vista aisladamente, sin dejarnos influir por sus hermanas “mayores” se revela como una gran película.


La Conversación es una película de suspense en la que un investigador privado experto en escuchas es contratado para un caso en el que, como sucede a menudo en esta clase de tramas, nada es lo que parece, desde el principio hasta la sorpresa final. Una historia que nos remite sin duda a Hitchcock. Especialmente a La ventana indiscreta, por el carácter fragmentario, la obligación del protagonista de reconstruir un relato coherente a través de fragmentos deficientes de información: en la película de Hitchcock tenemos que reconstruir una historia a través de fragmentos de imagen, captados a través de las ventanas de un apartamento; en la de Coppola nos ocurre lo mismo, pero con fragmentos de sonido. Y al fin y al cabo, ¿no es eso lo que hacemos cuando vemos una película, reconstruir una historia a través de fragmentos? En definitiva, adoptar un punto de vista, el del director, a través del héroe, y hacerlo nuestro. Ambos cineastas están, pues, hablándonos también del cine mismo. Algo parecido a lo que hizo, desde una perspectiva más "autoral", si me permitís la palabra, Michelangelo Antonioni en Blow Up. Pero las coincidencias terminan ahí. Sorprendentemente, Coppola nos lleva a adoptar el punto de vista equivocado. Lo que creemos deducir de aquello que oímos nos lleva a conclusiones erróneas. Parece querer decirnos que no siempre se puede hacer caso de lo que se deriva de la información que tenemos, que las informaciones, por bien relatadas que estén, hay que ponerlas en cuarentena. Que nos pueden estar manipulando y engañando. Una tesis que es perfectamente coherente, por cierto, con el momento en que se rodó la película, esos primeros años setenta en los que el pueblo americano despertaba de su inocente sueño a causa de cosas como la guerra de Vietnam y el caso Watergate (en el que, por cierto, había un lugar de honor para los magnetófonos). 


En la película de Coppola, además, el propio investigador se verá influenciado por aquello que investiga, y sus sentimientos y complejidades interiores llevarán a la película hacia los territorios del drama psicológico, apoyada en la fabulosa interpretación de Gene Hackman, que sin apenas diálogos es capaz de transmitir la angustia que esconde su personaje detrás de su fachada impertérrita de perfecto profesional. pondremos un solo ejemplo: La escena final, con Hackman tocando el saxofón en medio de la ruina en que se ha convertido su apartamento, ambos a la vez destruidos y liberados, es una bella imagen de cierre y un colofón estupendo para la historia que nos acaban de contar. 



La película acabó llevándose la Palma de Oro en el festival de Cannes de aquel año prodigioso para Coppola y aún hoy podemos rastrear su influencia en productos tan exitosos como la película La vida de los otros o la serie Homeland, cuyo parecido con La Conversación, jazz incluido, es más que evidente. Así pues, de obra menor, nada de nada.


martes, 18 de diciembre de 2012

Supuesto hito generacional

Propone: Nando
Comenta: Pepe




Si naciste a finales de los setenta, creciste en los ochenta viendo la movida por la tele rodeado de electroduendes pastilleros y similares, te creíste que lo podías tener todo, te diste el batacazo en los noventa, te hiciste nihilista, dejaste de madurar en el año 2000 y ahora haces lo posible por sobrevivir enganchado a facebook y sueñas tal vez con comprarte el último móvil de moda, puede que esta sea tu película y puedas considerarla hasta un hito generacional, y dirás a quien te quiera escuchar que es una película “brutal”, que es la palabra que utilizas para decir que algo te parece estupendo, aunque yo siempre he pensado que lo brutal y la brutalidad es en sí algo malo.

Igual hasta te consideras muy cinéfilo/a por tenerla comprada en dvd, y te parece una pasada el dilema moral del protagonista y por supuesto te orgasma que al final se dirija directamente al espectador (eso sí que es innovador colega). Efectivamente Trainspotting te ajusta como anillo al dedo, hasta te hará creer que entiendes de cine. Pero no.


Por lo demás Traispotting es una película que empieza con un tono ligero que se va amargando a lo largo del metraje, y es en ese momento en el que juega su mejor baza. Tiene secuencias sobrecogedoras en el piso de los yonkis, o esa larga secuencia rodada desde el fondo de una alfombra (mientras suena Perfect day, de Lou Reed), durante la sobredosis del protagonista. Toda la película está rodada con envidiable pulso y gran poder visual por su director, un por entonces casi debutante Danny Boyle que se vio lanzado a la fama junto con su actor protagonista, Ewan McGregor. La banda sonora está llena de hits noventeros muy bien traídos. En un papel secundario, a punto de saltar también a la fama, Robert Carlyle, borda su aportación como pendenciero alcohólico escocés. Todo el elenco forma un grupo bastante cohesionado, la fotografía de un realismo sucio en los suburbios de Edimburgo le va muy bien al tono general, y sabe mezclarse con momentos de lírica irrealidad…



Me estoy dando cuenta de que en realidad la película está muy bien y me gusta bastante. Igual a mi lo que me pasa con Trainspotting es algo parecido a una pintada que vi una vez (en una noticia de facebook, por supuesto). Aquella pintada decía: “No tengo nada contra Dios. A quien no soporto es a su club de fans”. Lo malo a veces es no soportar a un club de fans del que formas parte. Pues eso. 



lunes, 20 de febrero de 2012

El indignado Truman Burbank


Propone: Rubén
Comenta: Pepe

Érase una vez un muchacho cuya vida era tan perfecta como cualquiera pueda desear: tenía una amante esposa, una madre abnegada, un amigo del alma, agradables vecinos y un idílico lugar junto al mar donde vivir y trabajar. Era, en suma,  tan libre de hacer cualquier cosa que se propusiera que libremente optaba por no hacer ninguna otra cosa, salvo agradecer a un Dios bondadoso que hubiera puesto un mundo tan perfecto a su alcance.


Hasta que un día empezó a darse cuenta de que en realidad vivía bajo un severo sistema de control que le vigilaba y le constreñía, que no le dejaba ser él mismo y que boicoteaba sistemáticamente cualquier intento por desviarse del camino que había sido trazado para él desde alguna otra parte, y al servicio de a saber qué intereses. Fue pensando paulatinamente que todos conspiraban en su contra, que sus decisiones, aparentemente suyas, no lo eran en absoluto, que los que manejaban los hilos de su vida seguirían manejándolos sin piedad. En suma, que ni su vida era idílica, ni su libertad era real. Que en alguna parte había un Dios malvado al que había estado agradeciéndole sus cadenas.


Y claro, el muchacho se indignó, y mucho. Y se rebeló. Muchos otros hicieron algo parecido hace unos meses, un 15 de mayo, creo, y se pasaron un tiempo acampados en plazas hasta que telefónica hizo un spot que los absorbió para el sistema y el movimiento se diluyó hasta convertirse en una anécdota molona que contarle a los nietos. También se llamaban a si mismos indignados.

Pero esa es otra historia, o bien otra lectura, bastarda si queréis, de la película que hoy nos ocupa, que no es otra que El show de Truman (Peter Weir, 1998), aunque me sirve para explicar la intención de este comentario, que es demostrar, dicho llanamente, que a esta película se le puede sacar mucha punta.


Porque el show de Truman es una de esas películas que esconde, bajo un aspecto de divertida comedia con su punto dramático, una cantidad nada desdeñable de capas de sentido, de lecturas posibles, de ricas interpretaciones desde diversas ópticas y disciplinas. La más evidente es la crítica a los medios de masas y en particular a la moda de los "realitys". También hay un certero análisis de los mecanismos de control del poder, de lo cual ya dijimos algo en los comentarios a propósito de Canino (Giorgios Lanthimos, 2009) y al principio de este escrito. Sin olvidar la carga filosófica (se mencionaron el famoso mito platónico y los nombres de Nietzsche y Dios en el debate que siguió a la proyección) e incluso la psicoanalítica (¿Qué hubiera dicho Slavoj Žižek en su The pervert’s guide to cinema (Sophie Fiennes, 2006) sobre el particular?). Así pues, nuestro Truman (un solvente Jim Carrey) se indigna contra un personaje excepcional que es a la vez realizador, tirano, demiurgo y padre, entre otras cosas, llamado Christof (grandioso Ed Harris), que es quien prácticamente sustenta la película entera sobre sus hombros.
Dicho lo cual añadiré, ya para finalizar y para dejar paso a las interpretaciones de cada lector en la zona de comentarios, que encima la película está muy bien hecha. Del guión a la realización, pasando por la dirección de arte, la música o el reparto, todo suma para hacer de esta una gran película.   






viernes, 23 de diciembre de 2011

Los ilusionistas

Propone: Pedro
Comenta: Pepe



El cine nació como curiosidad científica, pero muy pronto pasó a convertirse en una atracción de feria. Así, antes de ser el medio de expresión más poderoso y más genuino del siglo XX, compartió caseta y roulotte con mujeres barbudas, enanos, espectáculos de variedades y números de magia. No en vano los primeros cineastas provenían del mundo del ilusionismo y, al tiempo que construían todo un entramado narrativo, un nuevo lenguaje audiovisual, fueron encontrando la manera de trucar las imágenes para impactar al espectador, para que se entregara sin condiciones, se identificara con lo que veía en la pantalla y sintiera como reales las cosas que solo eran un haz de luz sobre una tela blanca en una sala oscura. Nada más y nada menos.  Si queréis un nombre, sin duda debéis recurrir a George Méliès. Si queréis un ejemplo, el fabuloso arranque de Vida en sombras (Lorenzo Llobet-Gracia, 1949) da cuenta de este momento de los orígenes del cine. La secuencia, para aquellos que sientan curiosidad, está en Youtube.


Ya está otra vez Pepe soltando su rollo, diréis, y probablemente tendréis razón. Pero es que todo esto me venía a la cabeza al plantearme el comentario de Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg, 1977) y pensar en ese grupo de cineastas que en los años setenta recuperaron el gusto, que en realidad nunca se había perdido del todo, por maravillar al espectador, hacernos vibrar, dejarnos con la boca abierta y hacernos creer por unos minutos que existe la magia. Una generación de ilusionistas que creó toda una generación de cinéfilos, que es la nuestra. En este caso el nombre está muy claro, es Steven Spielberg. Y el ejemplo también: el arranque, curiosamente el mismo año de la película que hoy comentamos, de Star Wars (George Lucas, 1977): Unos rótulos en perspectiva, unas notas musicales poderosas y la aparición en pantalla de unas naves espaciales… y ya estamos todos boquiabiertos. La secuencia, para aquellos que sientan curiosidad, también está en Youtube. Pero dudo que quede alguien por aquí que no la haya visto en repetidas ocasiones.


Encuentros en la tercera fase es una historia de marcianos buenos (algo por entonces no tan habitual como pueda parecer hoy día) que tiene algo de todo eso. Porque en mi opinión representa el punto culminante de ese camino que iniciaron aquellos pioneros de las casetas de feria y puede considerarse el ejemplo perfecto de toda la tendencia. Porque, además, la película es toda una declaración de intenciones, ya que está protagonizada (genial Richard Dreyfuss) por un hombre maravillado, que se pasa media película boquiabierto y empeñado en creer a toda costa en lo que ven sus ojos, mientras todos los demás se empeñan en decirle que son trucos de magia. Esa fascinación que siente el personaje de Dreyfuss por lo desconocido, su osadía en ir más allá de las explicaciones racionales y su empuje a la hora de dejar atrás su vida en pos  de algo nuevo es la osadía de los exploradores de todos los tiempos, de todos los pioneros. Fue la osadía de George Méliès y era la osadía del joven Spielberg y sus amiguetes.



De cómo a la obra del bueno de Steven se le fue cayendo la osadía y se le fueron sumando la gravedad y, en cierto modo, el conservadurismo, ya hablaremos otro día. Hoy lo que toca es que disfrutemos como enanos con la belleza, la espectacularidad y la poesía de imágenes como las que acompañan estas líneas. Y  encima en movimiento. Y encima con música de John Williams.  

¿Serán cosas como estas lo que llaman la magia del cine?


lunes, 28 de noviembre de 2011

Grandiosos silencios

Propone: Rubén
Comenta: Pepe

El cine nació mudo y más tarde se volvió sonoro. Esta afirmación, que se acerca peligrosamente a la obviedad, se presta, sin embargo, a un posible análisis y a una réplica.

Empecemos por el análisis posible: es fácil pensar que el advenimiento del cine sonoro, allá por los últimos años veinte, fue un gran avance para las artes y las industrias del cine. En realidad, las exigencias de la precaria tecnología de sonorización llevaron a un auténtico paso atrás en la estética cinematográfica. Digamos que la posibilidad de decir supuso un decaimiento de la poesía de mostrar que se había desarrollado en las décadas precedentes. El paso del cine silente al sonoro supone una fractura, casi un nuevo comienzo, en el que el cine vuelve atrás para volver a tomar impulso. De este momento límite da buena cuenta, para los que quieran documentarse mientras disfrutan de una gran velada, la celebérrima película Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen y Gene Kelly, 1952).


Dicho esto, podemos ir con la réplica: El cine sonoro no extinguió al mudo. Su carácter hegemónico lo volvió dominante, pero de vez en cuando podemos ver ejemplos de películas que prescinden de la palabra para hacernos reír, emocionarnos, o ambas cosas. Ha seguido habiendo mucho (y grandioso) silencio. Como caso paradigmático citaremos a Charles Chaplin, que siguió mostrando su talento en películas mudas como Luces de la Ciudad (1931) o Tiempos Modernos (1936). Incluso en sus películas sonoras no abandona el antiguo arte y sus momentos más celebrados mantienen la estética del cine silente. El baile con globo terráqueo de El gran dictador (1940) es un buen ejemplo. Y no podemos dejar de citar, ya en los años cincuenta, las deliciosas películas de Jacques Tati, de quien vimos en nuestro club, hace ya tiempo, Mi tío (1958).


A partir de ahí, la lista de títulos que de una manera u otra recuperan el (buen) gusto por la imagen pura y reivindican el cine eminentemente visual es tan larga como queráis. Y variopinta. Podemos rastrear homenajes y citas desde Coppola (los efectos visuales y de montaje de su Dracula de Bram Stoker (1993)) a Kubrik (la primera media hora sin palabras de 2001, una odisea del espacio (1968)), pasando por Almodóvar (el corto El amante menguante, dentro de Hable con ella (2002)) o la factoría Pixar (el encantador inicio de Wall-e (Andrew Stanton, 2008)). Así, dejándonos mucho en el tintero, llegamos a la actualidad, momento en que casi coincidentes en el tiempo nos encontramos con dos películas que muestran la vitalidad del fenómeno que venimos comentando. Hablamos de L'illusionniste (Sylvain Chomet, 2010), una cinta de animación que recupera un viejo guión de Tati nunca rodado y de The Artist (Michel Hazanavicius, 2011) que deslumbró en el pasado festival de Cannes, con una historia muda sobre el cine mudo, y que estamos deseando ver.


En fin, todo esto viene al caso porque hoy, como ilustran las imágenes que acompañan a estas líneas, deberíamos estar comentando La última locura de Mel Brooks, que es una película con una sola línea de diálogo, pronunciada curiosamente por el mimo Marcel Marceau, y estrenada en 1976. Pero como en este caso el prólogo ha fagocitado casi por completo el escrito, no diré mucho, sólo mi opinión, y dejo paso a los comentarios: La comedia es algo irregular, una sucesión de gags más o menos afortunados y de cameos de las estrellas de la época. A mi juicio, aunque quiere ser homenaje, se queda en parodia. Es como si Brooks quisiera parecerse a Chaplin o Keaton y se quedara en Hill, Benny Hill. Aún así, tiene su gracia y es una apuesta original, aunque algo fallida.



viernes, 4 de noviembre de 2011

Tres tristes polvos

Propone: Pedro
Comenta: Pepe




Nuestra historia de hoy nos acerca a la vida sexual y afectiva de un grupo de neoyorquinos cuyo nexo de unión y punto de encuentro es un local clandestino donde la única norma es la libertad absoluta a la hora de practicar (o no) cualquier tipo de acto, también de índole sexual. El local, dando título a la película, se llama shortbus, que es el nombre que se le da en USA a los transportes escolares para “niños especiales”, que son más cortos que los que transportan a la “gente normal”. Y hoy nos acercamos a unos cuantos de esos niños especiales que pululan por aquí. Es como si entráramos en un bar lleno de gente y fuéramos de mesa en mesa conociendo la historia que cada uno esconde, sus más íntimos secretos.


Tenemos a una pareja que está pensando en abrir su relación a otras personas. Jamie y Jamie son jóvenes y atractivos. Se quieren pero entre ellos hay algo que no funciona. Uno de ellos está grabando un documental sobre su vida, hecho de retales de películas antiguas y grabaciones de si mismo en posturas inverosímiles. Lo que nadie sabe es que en realidad su película es un testamento, una nota de suicidio.


Sentada un poco más allá, con aire de observarlo todo, está Sofia, una terapeuta sexual que, a pesar de todo su conocimiento sobre el tema, está aquí en busca de su primer orgasmo. Apoyado en un rincón, su marido, Rob, se aburre sin saber muy bien qué hacer. Porque cuanto más hablan del tema, más se dicen lo que se quieren y más se recuerdan lo bien que lo pasan juntos, peor lo pasan, más se detestan más se alejan el uno del otro.


Si pasamos por la sala de proyecciones, y dejando a la derecha el salón de la orgía, en una habitación donde sólo se habla está Severin, una dominatrix profesional que esconde un alma dulce y un nombre dulzón, que regala polaroids con mensajes llenos de sentido y que solo busca encontrar una verdadera relación. Cuando conozca a Sofia, intercambiaran los papeles de terapeuta y paciente y se ayudarán la una a la otra.

Entre estas tres historias principales se entrecruzan unos cuantos personajes secundarios memorables que van desde el maestro de ceremonias y dueño del local, hasta un antiguo alcalde de la ciudad angustiado por no haber hecho lo suficiente en los primeros años del SIDA, pasando por un cándido y hermoso joven que completará el trío de los Jamies. Todos ellos se mueven por el local buscando un poco de felicidad o de sucedáneo de ella, como trasunto de sus propias vidas en un Nueva York post 11S desconcertado y triste.   

Porque aunque empieza con un divertido e intenso prólogo que culmina, literal y explícitamente, con un chorretón de semen salpicando (y quizás completando) un Pollock, y a pesar de que su estructura, sus brillantes diálogos y la profusión de guiños de humor la acercan a la comedia, lo primero que pensé cuando vimos Shortbus en nuestro club fue que era una película muy triste. Que incluso en su final, un sui generis final feliz, estaba atravesada por una inmensa melancolía. Porque en la película te acabas encariñando de los personajes y sus angustias diversas. Y por la certeza última de que la película acaba pero la soledad, los miedos, el desconcierto y la misma tristeza no acaban con ella. 


lunes, 10 de octubre de 2011

De Dioses y Hombres


Propone: Altea
Comenta: Pepe

Igual debería dejar la costumbre de poner nombre a los comentarios con títulos de otras películas, para que no os llevéis a engaño o confusión. El caso es que hoy venimos a comentar, casi con reverencia, la genial película de animación La princesa Mononoke, del ya universal director nacido en Japón Hayao Miyazaki.


En realidad el título se lo ponemos no porque nos recuerde al film francés protagonizado por monjes cistercienses, sino porque la película, basándose en antiguas leyendas del folklore japonés, y con un aliento ecologista y pacifista, nos enfrenta a un momento crucial de casi todas las leyendas épicas que en el mundo han sido: El despertar del hombre y el ocaso de los dioses; el paso de un mundo entroncado con la espiritualidad, lo esotérico, lo mágico y lo telúrico, los sentimientos y lo natural, a otro dominado por la razón, la mecanización y la técnica. De cómo ese enfrentamiento puede generar dolor y destrucción nos han hablado muchos autores antes, pero aquí de lo que se nos habla es de la posibilidad de que lo que surja sea hermoso y enriquecedor para ambas partes. Y aunque el final no es el happy-ending a lo Disney que podríamos esperar, está lleno de esperanza y de futuro.



En este caso la oposición de la que hablábamos está muy claramente centrada en los personajes femeninos principales. Miyazaki es experto en poner a mujeres fuertes al frente de sus historias, y aquí tenemos dos personajes magníficos que se alejan del tópico de la princesa y la malvada de la animación tradicional. Por un lado tenemos a la heroína de la historia, San, la chica-lobo, defensora del bosque, la princesa a la que hace referencia el título. Una princesa guerrera que se nos presenta (al espectador y al protagonista masculino) montada en un enorme lobo, y que lo primero que hace es chupar la sangre de la herida de su madre loba. Por otro lado tenemos a Lady Eboshi, la líder de la ciudad del hierro, que amenaza con destruir el bosque para poder extraer más mineral. Lady Eboshi no es tampoco una villana al uso, ya que sus razones no son del todo innobles, acoge leprosos y redime prostitutas, y sólo acepta el trabajo sucio que le propone el emisario del emperador para proteger su ciudad de la invasión y el saqueo. Y en medio de las dos, casi en una especie de triángulo amoroso no exento de cierto erotismo, el príncipe Asitaka, que intentará con todas sus fuerzas cumplir la misión que se le ha encomendado, que no es otra que mirar sin odio, comprender y hacer que las partes en conflicto se comprendan mutuamente, y de paso salvar la vida.



Esta es sólo una de las cosas que me sugiere una película como esta, tan llena de capas de sentido, abrumadoramente hermosa y compleja. Otras muchas hipótesis para analizar son factibles, espero que abramos alguna en los comentarios, para no extendernos demasiado ahora. De la técnica y la estética de Miyazaki ya hablamos en su momento con ocasión del comentario de El viaje de Chihiro. Permitidme sólo que mencione a Joe Hisaishi, autor de la música del film, que firma aquí una espléndida partitura que aúna lo épico con lo intimista, de la que os dejo con un fragmento. Y, por supuesto, permitidme recomendaros encarecidamente el visionado de esta película.

martes, 13 de septiembre de 2011

Este muerto está muy vivo


Propone: Altea

Comenta: Pepe


El pasado mes de febrero, en plena polémica sobre la ley Sinde y la salida de Álex de la Iglesia de la Presidencia de la Acedemia, la cineasta catalana Isabel Coixet publicó un artículo en el diario El País que bajo el título si estás muerto, ¿por qué bailas? ofrecía una interesante reflexión sobre las nuevas formas de enfrentarnos, como espectadores, al cine; el ocaso de una forma de entender el cine como un acto litúrgico y fetichista; el advenimiento de nuevas maneras más apegadas a la cotidianidad, que desdibujan las fronteras entre el cineasta y el espectador, por el abaratamiento brutal de la tecnología para hacer y los medios para distribuir la obra, cualquier obra, audiovisual: una especie de cine 2.0.


Lo que venía a decir Coixet es que aunque la industria cinematográfica se esté yendo al garete, poco más o menos, nunca se ha visto ni se ha producido tanto material audiovisual como en nuestros días y que, aunque el momento es de incertidumbre, el cine, como la energía, ni se crea ni se destruye, solo se transforma. “Porque aunque el cine haya muerto, los cineastas vamos a seguir bailando. Es el único favor que podemos ofrecer a los espectadores. Ojalá aún estén dispuestos a bailar con nosotros”, concluía.



En la película de Stephen Gondry que hoy nos ocupa hay algo de todo eso, o así me pareció, al menos, cuando la vimos en el Cine Club Golfa propuesta por Altea. La cosa va de un videoclub en decadencia y de un incidente que hace que por error se borren todas sus cintas. Un grupo de auténticos y entrañables frikis, que bien podrían haber salido del seven eleven de Clerks, deciden que la única forma de salvar el negocio es ponerse ellos mismos a rellenar esas cintas rodando de nuevo las películas con una vieja cámara VHS. Y de ese planteamiento nace esta película llena de situaciones hilarantes, y con el puntito de emoción final que debe tener toda buena comedia. Los actores están muy bien (incluso a los detractores de Jack Black les resulta más soportable en esta película) y del talento de Gondry para perpetrar secuencias llenas de imaginación no necesitaréis que os diga nada si lleváis en esto del cineclub lo suficiente como para haber visto Olvídate de mi.


Be kind rewind es una festiva celebración del cine como entretenimiento que aúna la nostalgia por los viejos modos de los que hablábamos antes y el puro placer que supone coger una cámara, ponerse a contar una historia y acabar compartiéndola con el mundo. Es una película que nos habla de la pasión por el cine desde la comedia disparatada y que lo reivindica como divertimento, no solo para los que lo ven, sino también para los que lo hacen. Una invitación a salir a bailar, a volver a la vieja complicidad entre los espectadores y los cineastas, y a traspasar la línea que separa a los unos de los otros. La conclusión que me dejó Be kind rewind es que no importa como sean los soportes, los medios con los que se hacen o se consumen las películas: mientras haya alguien pensando historias en imágenes, o divirtiéndose o apasionándose en un lado o en el otro de la cámara, este muerto que dicen que es el cine estará muy vivo. Optimista que estoy hoy.

Como curiosidad añadiré que esta película ha generado todo un nuevo género: las películas suecadas. Estad atentos, porque algún que otro miembro de este nuestro cineclub está empeñado en organizar el primer festival internacional de las mismas. Seguiremos informando. Para los que no sepáis de qué estoy hablando, aquí os dejo un ejemplo sacado de la propia película:


martes, 9 de agosto de 2011

Despertares



Propone: Miguel
Comenta:Pepe
Después de la avalancha de comentarios de José Antonio, y visto que nuestro otro comentarista habitual está ocupado en menesteres más agradables que escribir comentarios de películas, me parece que ya es hora de volver a ponerme ante la hoja en blanco (bueno ante la pantalla, porque escribo en ordenador como buen hijo de mi tiempo) para escribir unas líneas sobre alguna de las películas que tenemos pendientes de comentar, que no son pocas.
Bueno, como podéis ver, setenta y tantas palabras después, aún no he dicho absolutamente nada. Pero como ya sabéis que yo no doy puntada sin hilo, me sirve el primer párrafo de este artículo como ejemplo de la sensación que Juncos Salvajes (André Techiné, 1994), me dejó cuando la vimos en el Cineclub, por gentileza de Miguel: Una película que cuenta una historia que ya hemos visto mil veces, con cierta elegancia, y enrollándose hasta la saciedad, alargándose y alargándose sin sentido pero con sensibilidad hasta que termina abandonándote en una especie de sopor que a la vez tiene algo de agradable, como una siesta a la sombra fresca de uno de esos árboles del magnífico paisaje en flor en que tanto se recrea la película.
Y es que estamos ante lo que podríamos llamar una película primaveral, porque nos cuenta el florecimiento, el despertar a la sexualidad y a la vida de tres bellos adolescentes, dos chicos y una chica, en la Francia rural de los primeros años sesenta, con el trasfondo de la guerra de Argelia. La historia se sustenta en esa especie de peculiar triángulo amoroso que se crea entre los tres. El director, sin embargo, no se centra en las cosas que se dicen o en contar la peripecia de los personajes, sino en intentar transmitir las sensaciones de los mismos: los juegos de miradas, un roce que hace erizar la piel, un golpe de frío al tirarte al agua, la brisa en la cara de un paseo en moto, ese momento de la vida en el que todo es nuevo otra vez, en el que todo es a la vez tan fácil y tan difícil, juventud divino tesoro, carpe diem y demás zarandajas.
Es decir, el mismo tópico que estamos acostumbrados a adjudicar a todo el cine francés de autor, desde que éste existe. Y es verdad, para resumir, que Juncos Salvajes es una película impecablemente francesa, absolutamente hermosa, un poco autocomplaciente, contemplativa en demasía y de lento desarrollo, que hace lo mismo que muchas otras antes y después que ella, cae en el tópico y a ratos aburre, pero todo eso lo hace muy bien, y eso es decir mucho en los tiempos que corren.

martes, 1 de febrero de 2011

¡¡¡SINESTESIA!!!

Propone: Laura
Comenta: Pepe



Así, puesto entre signos de admiración, el palabro del título suena a insulto rollo antiguo, como diría nuestro adorado bloguero Si Stebins, pero no, resulta que designa un fenómeno retórico, estilístico, y por qué no decirlo, también neurológico, consistente en que un estímulo que debería percibirse con un sentido produce una respuesta en otro. Así, estamos hablando de saborear sonidos u oír colores. El fenómeno está más extendido de lo que pueda parecer en nuestra expresión diaria, cuando decimos, por ejemplo, que alguien tiene una voz muy dulce o que lleva un vestido de colores chillones. Todo este rollo, os preguntaréis, ha de llevar por fuerza a algún sitio, y no os equivocáis: Nos lleva directos a intentar dilucidar si se puede o no oler una película.

Pues bien, podríamos decir que El perfume ( Tom Tykwer, 2006) constituye un buen intento. Esta “historia de un asesino”, como dice el subtítulo del film, narra la historia de Jean Baptiste Grenouille, un huérfano de la Francia prerrevolucionaria, con un don poco común. Un sentido del olfato prodigioso que le llevará a obsesionarse con la creación de un perfume perfecto, capaz de doblegar las voluntades humanas y que, pudiendo cimentar su gloria, le conducirá a la desgracia.

La película, una coproducción entre varios países europeos, fue un gran éxito de taquilla. No en vano cuenta con profusión de medios para lograrlo. Pongamos algunos ejemplos: Unos actores solventes, entre los que destacan grandes figuras como Dustin Hoffman o Alan Rickman; una cuidada y lujosa ambientación; un guión bien construido y a la vez fiel a la novela de Patrick Suskind; una realización correcta, aunque no exenta de alguno que otro de esos delirios modernetes habituales en Tykwer (director de Corre, Lola, corre). Una decidida apuesta, en suma, por realizar una película europea con calidad, con medios, y que llene las salas de cine. Lo mejor, y lo peor, que se puede decir de El perfume es que podría pasar por una película americana.

Cualquiera que haya leído el excelente material literario del que surge esta película, recordará el tremendo poder evocador de la novela de Patrick Suskind, que crea un universo de aromas y esencias a la vez que se mete de lleno en la mente de su protagonista, que llega a fascinarte y repugnarte a partes casi iguales. Las sensaciones son tan vívidas que son casi reales. Y quizás sea eso lo que no acaba de lograr la película. Corre por ahí una historia, quizás una leyenda urbana, que cuenta que Stanley Kubrik estuvo acariciando la idea de llevar al cine este libro, y que abandonó el proyecto porque no veía la manera de transmitir en pantalla las sensaciones, sobre todo olfativas, que produce la lectura del libro. Es decir, no se veía capaz de provocar en nosotros la sinestesia de oler una película. Tykwer, sabedor de que él tampoco era capaz de hacer una película con aroma, se conformó con construir una buena historia sobre aromas. Y no podemos decir que le saliera mal.