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miércoles, 15 de abril de 2015

El conejito Duracell

Propone: José Antonio
Comenta: Rubén



 Lo admito, el chiste para el título del comentario es muy trillado pero recoge comentarios que se realizaron durante la proyección de la película surcoreana Soy un cyborg. Interesante film calificado como comedia romántica (aunque casi mejor indicar que es un drama romántico por el entorno en el que se desarrolla) que ganó dos premios, uno en el Festival de cine fantástico de Sitges en el año 2007 al mejor guión; y otro, en el mismo año, pero en el Festival de Berlín en la sección oficial de largometraje, premio Alfred Bauer, que se entrega a la película que abra nuevas perspectivas en el arte cinematográfico. La película la dirige Park Chan-wook que según algunas páginas de cine, que he consultado, es uno de los valores fijos y en pujanza del cine de Corea del Sur.


La acción transcurre en un centro psiquiátrico, y surge así la segunda comparación del comentario. Se puede pensar que remonta al famosísimo film “Alguien voló sobre el nido del cuco” (que ya se vio en el cineclub, ciclo 10), pero realmente no es así. Salvo el escenario compartido, no hay ninguna otra semejanza entre ambas películas.

En la cinta que nos ocupa, una pobre chica de nombre Young-goon se cree un cyborg y por este motivo está internada en un centro psiquiátrico tras electrocutarse al intentar recargarse de energía. Ella ve en las uñas de sus pies el nivel de carga que todavía le queda. Como se cree una chica robótica no come nada, solo se alimenta de pilas que va guardando por ahí. Evidentemente, la falta de ingesta hace mella en su salud. El problema le viene de familia, pues ya su abuela se creía un ratón y cuando los enfermeros se llevan a la anciana, la cibernieta decide vengarse. Quiere tener energía para atacar a los hombres de blanco.


Pero un buen día, y tras una careta de gatito (creo recordar), un joven llamado Il-soon irrumpe en su vida y en su corazón. Este chico cree tener el poder de robar las habilidades de la gente de su entorno. Y poco a poco va granjeándose la amistad de Young-soon.

La película nos muestra la vida cotidiana de un psiquiátrico y sus internos, y, sin ser un sitio grato, el contemplar las diferentes rarezas de los secundarios que cohabitan en ese entorno le da a la película un ligero toque de hilaridad, en el buen sentido. No es que nos riamos de las personas con trastornos, no. Nada más alejado de la realidad. Simplemente el director buscó algunas situaciones provocadas por los residentes que sorprenden y nos hacen esbozar alguna sonrisa. Sirve, posiblemente, para suavizar un poco la tensión que se respira en un hospital de esas características y no hacer la película demasiado grave. Al fin y al cabo es una comedia romántica.


Por todo, la película tiene un deje dulce a pesar de la crudeza del lugar y tiene un final optimista. En la era digital y de una tecnología elevada, en una sociedad tan tecnológica que hasta algunos de sus miembros se creen máquinas, al final siempre es el amor el que resuelve los conflictos. Diosa Venus, sigues estando presente y sigues siendo necesaria para nosotros, las criaturas mortales.

lunes, 23 de marzo de 2015

Atrapados en el tiempo

Propone: David
Comenta: José Antonio

Si en Atrapado en el tiempo el personaje de Bill Murray se enfrenta al infierno de tener que revivir un día que detesta una y otra vez, en El secreto de sus ojos sus protagonistas parecen haber quedado atrapados en una época de su vida muy concreta: el brutal asesinato y violación de Liliana Colotto. La vida siguió avanzando para todos, pero sus corazones quedaron amarrados a esa época, sin haber podido superar los acontecimientos que vivieron. La película del argentino Juan José Campanella fue una de las propuestas que nos trajo David al Cineclub.

El protagonista está interpretado por Ricardo Darín, que encarna a un agente judicial ya retirado y que desempolva el viejo caso del asesinato de Liliana que en en su día (1974) investigó y que, aunque pudo ser resuelto, todo se vino abajo al meterse por en medio oscuros intereses del Estado y viejas rencillas con otros compañeros. Reviviendo aquellos días a través de su nueva investigación, nuestro protagonista guarda la esperanza de que pueda recuperar a la mujer que perdió. Ella es Irene Hernández, la secretaria del juzgado recién llegada, que también tiene sentimientos hacia él y que le apoyó en los momentos cruciales de su investigación. Aunque nunca le olvidó, está casada y tiene dos hijos, en el momento en que su viejo compañero regresa para desempolvar el caso. Tenemos también a Sandoval es el amigo fiel que se jugó el cuello por él y que, pese a todos sus problemas con la bebida, tiene un alma noble y sabe perfectamente el significado de la lealtad. Por otro lado, dentro de este repaso de las personas que vieron sus vidas marcadas por el asesinato, tenemos al desconsolado novio de la víctima, sobre quién la pregunta está en si logró pasar o no pasar página sobre lo ocurrido y de qué manera lo hizo. Y, finalmente, tenemos al asesino, quien aparentemente esta muerte acabó siendo una más, ya que después de lo ocurrido fue reclutado por esos oscuros rincones del Gobierno como sicario en crímenes de Estado diversos. Un hecho, que después de lo que estamos viendo con el supuesto suicido de un fiscal dentro de la actualidad de este país, no parece algo tan descabellado. Sin embargo, volviendo a la película, el destino tiene reservada para nuestro asesino una Justicia poética con la que difícilmente va a poder olvidar las monstruosidades que cometió.

A través de flashbacks vemos los momentos cruciales de las investigación, pero en el momento presente, se nos van dando las pinceladas para comprobar las jaulas particulares en las que cada uno de ellos se encerró a raíz de estos acontecimientos. Jaulas en sentido metafórico, claro, aunque para alguna puede que sea algo demasiado literal. La película sabe combinar los momentos intimistas, con otros momentos trepidantes, que nada tienen que envidiar al cine norteamericano. La escena de la persecución en el estadio de fútbol es impresionante, sobre todo ese espectacular plano aéreo tomado en medio de la noche. Ahora se anuncia una versión norteamericana, protagonizada con Julia Roberts y en la que se pondrá el énfasis en las teorías de la conspiración y no puedo evitar ponerme a temblar por el destrozo que pueden hacer a esta gran película.


P. D.: Un dato para el estudio. Los protagonistas parecen haber quedado atrapados en esos días de 1974, una fecha clave de nuestro CineClub porque yo juraría que ese año es el del nacimiento de la mayoría de nuestros miembros. ¿O no es así?

viernes, 6 de marzo de 2015

Los cuernos pesan en el estómago

Propone: Víctor
Comenta: Rubén



Tengo por costumbre no leer un libro en cuya primera página haya un polvo. Me parece un recurso paupérrimo intentar captar mi atención con sexo antes de presentarme al protagonista. Por eso cuando vi la primera escena de “El vientre de un arquitecto” me puse receloso. Una pareja fornicando en un compartimiento de un tren nocturno que circulaba atravesando la frontera entre Francia e Italia no es, para mí por esta razón, la mejor manera de empezar una narración.


Pues quiso Víctor añadir un corolario a mi ciclo sobre Roma con esta película, rodada en la urbe fundada por Rómulo. Y la verdad es que las vistas que de la ciudad eterna muestra la cinta son magníficas. “El vientre de un arquitecto” es una película de 1987, dirigida por Peter Greenaway (director un tanto tabú en nuestro cineclub desde su ivanazo “El contrato del dibujante”) y protagonizada por el hipocondríaco Brian Dennehy. He leído críticas dispares sobre esta película: o te gusta o la detestas, pero no encontré término medio.


La cinta cuenta el viaje del famoso arquitecto estadounidense Stourley Kracklite y su mujer a Roma para dirigir una exposición en el Vittoriano sobre otro arquitecto, el francés Étienne-Louise Boullée, cuya obra se inspiró en gran medida en el Panteón de Agripa, encargado de realizar el cenotafio de Newton en plena corriente neoclasicista y racionalista que no se realizó. Una vez en Roma, su mujer es seducida por un encargado poco honrado de la exposición, a la vez que a nuestro arquitecto le empieza a doler el estómago, y poco a poco se convierte en una obsesión. Finalmente, resulta ser un cáncer y no un aviso de las infidelidades de su mujer con el italiano. Lenta y sutilmente, el amante de la mujer va suplantando al arquitecto en todos los aspectos, no solo sentimentales o sexuales, sino también en la dirección de la propia exposición.

Para mí, la película habla de la fugacidad de la vida, de lo efímero del tiempo en algunos casos (como un billete de una libra ardiendo) o por el contrario de las obras eternas como el Panteón. Sin duda la vida está presente en ella, pues la película empieza generándola y termina con una muerte. El león joven destronando a un león ya viejo incapaz de mantener su dominio.




Tal vez el cáncer que sufre el protagonista sea una metáfora sobre algo que yo no alcanzo a identificar, pero al igual que la mujer del arquitecto gesta en su vientre durante nueve meses a su hijo, él desarrolla, en la misma zona, un cáncer que lo llevará a una tumba en vida. Vida y muerte. Gestación de vida y gestación de muerte. Principio y fin. Es revelador el comienzo de la película, pues la cámara se detiene en un cementerio, anticipando ese origen y final. Mientras crean vida, la cámara se recrea en los nichos. Y así, cuando nace el niño, muere el padre.


Por cierto, en casi toda la película predomina el color blanco: en las ropas de los protagonistas, en los mármoles del Vittoriano, en el pastel de la primera cena romana...


Debo añadir, como nota negativa, que en la película hay varias infidelidades a la Historia, se comenta, por ejemplo, que el Panteón lo construye Adriano cuando todo el mundo sabe que lo realizó Agripa en el reinado de Augusto.

viernes, 20 de febrero de 2015

A la busca del tiempo perdido

Propone: Laura
Comenta: Víctor

Personalmente, estoy muy acostumbrado a ir a los sitios y que no me hagan caso (confesión que probablemente no sorprenda a nadie que me conozca). Es por esto que, cuando pienso que tengo información privilegiada, me pongo nervioso, me sube la tensión, se me acelera el pulso, rompo a sudar. Menos mal que la nueva medicación está haciendo maravillas. Nunca es tarde.

En el caso de "Searching for Sugar Man", mi información privilegiada proviene de una amiga que, aunque española, vivió en Sudáfrica toda su infancia y juventud, coincidiendo con la época que recoge este reciente documental del cineasta sueco Malik Bendjelloul. Durante la proyección decidí que tenía que preguntarle a ella si conocía o no a Rodríguez, el cantante norteamericano que es el objeto del documental (¿o quizás el objeto del documental es la sociedad sudafricana de la época? Que cada cual elija lo que le parezca más bonito). El testimonio de mi amiga sería inapelable y disiparía cualquier asomo de duda, porque yo realmente tenía muchas: por momentos no conseguía decidir si estaba ante un "falso documental", que postularía la existencia de un Rodríguez mítico, fabuloso, que nunca existió realmente, o ante un documental sobre un fenómeno social que realmente tuvo lugar en la Sudáfrica de los años setenta.


Formalmente, "Searching for Sugar Man" sigue los usos establecidos para el documental --fragmentos de entrevistas que se interrumpen y se reanudan sucesivamente, montados junto a tomas ("footage") de la época en que ese país estaba dejando atras el "apartheid", y a tomas de la vida actual de un Rodríguez que incluso ha renunciado a la música y vive trabajando para la construcción. Además del propio cantante, hay otros claros protagonistas: dos de los fans de Rodríguez deciden hacer averiguaciones sobre su identidad y sobre el porqué había ignorado tan absolutamente su éxito en aquél país, cuestiones estas sobre las que pivota todo. Emprenden pues sus indagaciones a pesar de los rumores de que el cantante se había suicidado durante uno de sus conciertos. A través de los productores de "Cold fact", su primer álbum, averiguan la verdad --Rodríguez seguía vivo--, y un artículo de Craig Strydom, uno de ésos fans, tuvo como resultado que Eva, la hija del cantante, se pusiera en contacto con el segundo de nuestros héroes, Stephen Segerman. A partir de este momento, Rodríguez entra en escena y conversará con ellos acerca de su anónima vida en Detroit.

Toda esta historia está expuesta de forma ciertamente cautivadora. Sin embargo, con los medios de hoy es fácil averiguar que Rodríguez obtuvo también un considerable éxito en Australia durante los años 70, éxito del que sí llegó a saber lo suficiente como para irse de gira a aquél país entre 1979 y 1981, y que el documental no menciona. Esta omisión ha provocado que algunos críticos lo acusaran de mixtificador y mitificador, de jugar a crear un mito: y desde luego, no deja de incidir e insistir en la misteriosa reputación del cantante en Sudáfrica hasta el punto de que, para ir concluyendo, a mí me dejó con las dudas que comentaba antes: ¿esta historia es real? 

¿Podían la censura del "apartheid" y las sanciones internacionales tener esos efectos, producir esa clase de aislamiento? Mi amiga me lo confirmó: Rodríguez fue realmente muy popular. A pesar de ello, me confesó que no llegó a enterarse de la visita muy tardía y --en el documental-- casi apoteósica que Rodríguez hizo a Sudáfrica en marzo de 1998, para dar seis conciertos. Habían pasado casi treinta años desde la aparición de su citado primer álbum.

Me explicó también lo que significaba "Sugar man", que viene a ser algo así como "camello", pero creo que es un uso local, si no inspirado por la primera canción de dicho álbum, que se titula precisamente "Sugar man", y en cuya letra "el hombre del azúcar" es el portador de las drogas que traen el olvido, que hacen desaparecer todas las preguntas. El modo en que los estudiantes de la época escuchaban música, usaban drogas y cuestionaban la autoridad sin duda contribuyeron a convertir a Rodríguez, con sus contestatarias letras, en el símbolo, en la leyenda local que fue.

Mirando a mi amiga yo no podía dejar de envidiarle un poco: aquellos maravillosos años, idealizados por el recuerdo, idealizados en un documental un poco mitómano. Ya la primera imagen le hizo reaccionar y emocionarse: ella, que hace ya tiempo que abandonó Sudáfrica, reconoció inmediatamente la carretera que conduce a Ciudad del Cabo desde el noroeste, siguiendo la costa. Y aunque para mí ni Sixto Rodríguez ni esa carretera significaban nada, a ella le podían visiblemente los recuerdos suscitados a veintitantas imágenes por segundo. Sí; la nostalgia sigue siendo igual que antes, como si cualquier tiempo pasado fuese mejor.







viernes, 5 de diciembre de 2014

El teatro del mundo

Propone: Rubén
Comenta: Víctor
 

Voy a pedir al improbable lector de esta reseña (como diría de nuevo quien yo me sé) que tenga la paciencia de leer unas frases respecto a cuáles han sido mis prejuicios al abordar esta película. El primer libro de cine que leí (cuyo título no recuerdo) fue uno prestado que profesaba una devoción incondicional por Fellini, del cual yo desconocía por entonces prácticamente todo --y mi situación no ha mejorado mucho desde entonces. Es que tanta admiración resulta contraproducente: a uno le quedaba la sensación de que había poco menos que postrarse para ver una película del italiano, y me daba pereza. De modo que mi ocasional cinefilia ha ignorado casi totalmente a Fellini, ajena a esa "cosa felliniana" tan celebrada. Y en el caso de esta película la cosa era aún peor: ¿"La dolce vita"? ¿Marcelo Mastroianni dando tumbos de aquí para allá, de ligue en ligue, de fiesta en fiesta? Parafraseando a Estragón, para siempre detenido esperando a Godot, ¿pero qué tiene que ver conmigo la "dolce vita"? A mí háblame del subsuelo...

Normalmente (no siempre, pero casi) antes de escribir nada suelo leer varias críticas (gracias a Internet) y sólo entonces preparo mi propio refrito al que añado dos o tres cosas de mi propia cosecha. El método funciona bien, pero en este caso he decidido partir de cero, ¡nada de lavados de cerebro fellinianos "a priori"! Por otra parte, como dura mucho la he tenido que ver en tres sesiones, lo que siempre permite tomar mayor distancia --cuestión esta de la distancia a la que, incidentalmente, no es ajena la misma película. Enseguida lo veremos.


Si el cine, como la literatura, no es más que su técnica, la de esta película se separa notoriamente de "lo convencional" de varias maneras: lo que primero llama la atención es que las diversas secuencias se interrumpen abruptamente, sin explicaciones --a veces se dan por sobreentendidas--, justo cuando uno esperaría el consiguiente desarrollo que diera respuesta a las preguntas que (parece que) se han suscitado: ¿por qué de pronto tiene prisa por marcharse el padre de Marcelo de casa de Fanny? ¿Por qué se ha suicidado Steiner, después de matar a sus hijos? Al menos hay lugar para hacer un poco de psicología, y es una suerte, porque buena parte del tiempo comentar películas consiste en hacer un poco de psicología. Para reforzar esta sensación de extrañeza, la puesta en escena no siempre es realista: en el hospital, por ejemplo, estamos en un escenario reducido a los mínimos elementos: un espacio abierto, un teléfono sobre un taburete, dos puertas, una enfermera que pasea sin un propósito definido.


El arranque de la película es formidable: un helicóptero transporta una estatua de Cristo mientras el ruido del motor se mezcla con tañidos de campana, creando el conjunto cierto sentido de farsa. Ese sentido de farsa es omnipresente en lo que viene después: a partir de este momento inaugural, Mastroianni (al que incluso fotografían sus colegas de la prensa) dará dos paseos por la Roma nocturna con diferentes mujeres, asistirá a dos fiestas, comerá en dos restaurantes, visitará un chiringuito de playa, será testigo de un rodaje y como un Joseph K. redivivo tendra una conversación en la catedral.


Por ejemplo, en su periplo creerá que se enamora de una famosa --y caprichosa-- artista de cine, de nombre Silvia, que no duda en aullar con los perros cuando los oye en la noche romana, o en bañarse en la famosa fuente de Trevi. Pero al devolverla a su hotel --había discutido con su marido, de ahí el periplo-- éste, por fin sobrio, le aplica a Marcelo un pequeño correctivo por su osadía. En la secuencia que sigue sin solución de continuidad conoceremos a Steiner en la catedral; para entonces Silvia ya está olvidada. Por cierto, su paseo con ella recuerda otro al principio de la película, aquélla vez con Emma, rica heredera igualmente veleidosa, que declara «Quisiera vivir en otra ciudad, donde no me conociera nadie». «A mí Roma me gusta mucho», le responde Marcelo, «Es una especie de jungla, cálida, misteriosa... donde uno puede esconderse».

En cada ínterin entre los flirteos de Marcelo siempre reaparece Emma, su mujer, con la que siempre quiere romper y con la que siempre vuelve: «Ya no soporto tenerte a mi lado. Vete. [...] ¿Qué haces, estúpida? Vuelve aquí.» «Yo ya no soporto tu amor agresivo, viscoso, maternal. No lo quiero, no me sirve. Eso no es amor, es basura». Mientras tanto, Emma insiste: «¿No comprendes que ya has encontrado lo más importante de la vida? Nadie podrá quererte como yo». En la escena más corta de la película, que dura tres minutos y tiene lugar en un chiringuito, Marcelo está quejándose al teléfono: «Mira, Emma, no puedo pasarme la vida llamándote. Necesito trabajar en paz». Entonces cuelga, exclama «Loca desgraciada» y le echa inevitable pero prudentemente los tejos a Paula, una chica rubia, húngara, que trabaja de camarera. Ella le muestra sus dotes de cantante (desgraciadamente Marcelo ha demostrado en dos ocasiones su impaciencia con la música). De pronto, vuelve al teléfono y marca el número de Emma; ella le contesta, «¿Qué quieres ahora?»



Incluso hay una secuencia dedicada a una supuesta aparición de la Virgen a unos niños, auténtica apoteosis de la farsa. Muchos detalles "fellinianos" se podrían mencionar, pero la película dura tres horas y al fin y al cabo se trata de verla. Si lo hemos hecho o lo vamos a hacer, farsantes todos llegamos a la última fiesta previa al final de la cinta, fiesta bastante estrambótica que acaba al amanecer, con la mayoría de invitados dirigiéndose a la playa donde ha aparecido una especie de raya gigantesca. Entonces, vemos de nuevo a la ya para entonces olvidada Paula, que intenta decir algo a Marcelo con gestos desde la distancia; pero no la entiende, finalmente ella desiste; Marcelo se va con una invitada y se despiden con gestos. Entonces vemos un primer plano de Paula, que después de un momento mira a la cámara y sonríe misteriosamente. ¿El eterno femenino manifestándose como una nueva Gioconda distante? Como si estuviera en el secreto de lo que realmente importa, como si supiera de qué va realmente la vida.


En el único momento (creo) donde suena música en la banda sonora (es decir, música que no esté en el mismo ambiente sonoro que se nos muestra, sea una fiesta, un restaurante, etc.), música que es como una pulsación obsesiva, el posteriormente suicidado Steiner se explaya: «La paz me da mucho miedo. Imagino que es sólo apariencia, y que oculta el infierno. El mundo será maravilloso, dicen, y no sé en qué se basan si hasta una llamada de teléfono basta para que todo acabe. Debemos vivir fuera de las pasiones, de los sentimientos, en la armonía de la obra de arte lograda, en ese orden encantado. Deberíamos amarnos tanto como para vivir fuera del tiempo, distantes. Distantes.»

Y así, "a posteriori", ahora mismo, tengo la sensación de que "La dolce vita" es una obra de arte más lograda de lo que me parecía mientras la estaba viendo. C'est la vie.



lunes, 29 de septiembre de 2014

El no-contador de historias

Propone: Esther
Comenta: Rubén


He visto en el cineclub dos películas del director japonés Akira Kurosawa, presentadas por dos personas distintas, la primera fue Rashômon a propuesta de Miguel y la otra Vivir, a propuesta de Esther y he llegado, tras el visionado de ambas, a la misma conclusión: El director japonés no te cuenta una historia. Él solamente expone los hechos y tú mismo reelaboras toda esa historia a partir de las narraciones que hacen los personajes que en ella intervienen. Kurosawa más que un narrador es un periodista en el sentido en el que debemos entenderlo, y esto es en el modo de exponer unos hechos sin tomar partido.


En Vivir, cinta japonesa del año 1952, sabemos desde el principio lo que le va a pasar al protagonista, pues un narrador omnisciente nos lo cuenta. Nos adentra en la trama de la historia, como si fuera el prólogo de un libro, el capítulo uno de una larga novela, desvelándonos el final porque a nuestro director no le preocupa el qué se cuenta, le interesa el cómo se cuenta aunque guste Kurosawa de entretenerse en los detalles, en reflejar la cotidianeidad, en aproximarnos a la vida de su protagonista para que podamos luego encajar, como si fuésemos detectives, todas las piezas desordenadas que no se muestran, sino que se cuentan estilo indirecto por boca de los otros personajes, sobre la trama de la película. Involucra de tal manera al espectador, seduciéndolo con vacíos narrativos que se implementan con las posteriores intervenciones desordenadas pero sin llegar al caos de otros actantes y logra hacer al receptor parte activa de la película. Y logra así que la trama sea relato y que el relato sea hilo conductor de los hechos, y que tú deduzcas cosas y hechos, y que unas pistas y narraciones y que acabes montando la película en el orden que desees. Kurosawa puentea al montador y nos ofrece esa posibilidad. Es un relato cerrado desde el primer minuto, pero abierto desde el minuto segundo. Sabemos el final desde el principio, pero no sabemos cómo se logra. Eso queda fuera de cámara pero posteriormente nos adentra en un laberinto de recuerdos, de vivencias pasadas que como las piezas de un gigantesco puzzle vamos extrayendo del montón para ir encajándolas en la vida del señor Watanabe para comprender mejor sus actos.



Esto puede generar un final abierto y, al igual que en Rashômon, quizá no lleguemos nunca a conocer la historia verdadera, pues cada uno puede cerrarla a su antojo, convirtiendo al protagonista en héroe o villano, según su empatía. Una historia que por otro lado le sirve al director nipón para hacer una crítica a la burocracia, para reflejar un País del Sol Naciente sumido en los profundos y drásticos cambios sociopolíticos que tras su derrota militar en la Segunda Guerra Mundial afectaron a su patria. Muestra un país que se debate entre la tradición y la Occidentalización.



Kurosawa deconstruye el cine, como Adrià deconstruyó la tortilla de patatas. Retuerce la sintaxis fílmica tradicional para hacer partícipe al espectador transformándolo en actor; presenta un final al principio cerrado pero abierto; muestra sus cartas y encima farolea y acaba ganándote.

Tan solo lamentar el excesivo metraje de la cinta pues con sus dos horas y cuarto largos acaba tornándose un poco eterna. La caída del telón se hace esperar demasiado pero sin todas las pistas, no puedes resolver el misterio que, aunque no sepas, te ha propuesto ante tus ojos para que lo resuelvas.


 

jueves, 18 de septiembre de 2014

Almodóvar o el moderno Prometeo

Propone: Pedro
Comenta: Rubén



Cuando Mary Shelly, la escritora inglesa del siglo XIX, escribió su novela Frankenstein o el Moderno Prometeo abrió una nueva caja de Pandora en la literatura y en las artes. El elogio de la técnica que se presenta en la novela, y que tanto hizo pensar al filósofo madrileño Ortega y Gasset, contrasta con la crítica contra el mal uso que de ella se puede llegar a hacer. Crear un ser humano surgido de partes de otros y dotarlo de vida gracias a la ciencia puede sonar muy emocionante, pero ¿sería ético realizarlo?


Todo este breve ensayo sobre bioética literaria viene a colación de la película almodavariana La piel que habito, filme del año 2011 del realizador manchego y que otro Pedro, nuestro Pedro, nos trajo al cineclub. El director contó para el reparto con varios de sus actores fetiches, tales como Marisa Paredes, a quien ya dirigió en Todo sobre mi madre, Tacones lejanos y La flor de mi secreto, y Antonio Banderas con quien ya grabó su vieja Átame y su famosa Mujeres al borde de un ataque de nervios. Por cierto, que la película es una adaptación de una novela francesa, escrita por Thierry Jonquet, titulada Tarántula.
En la página web de la película se puede leer el argumento, consultar imágenes y datos sobre la película y varias cosas más, por lo que no me voy a extender aquí y voy a dedicar el comentario, tal y como he hecho al principio, a divagar desde un punto de vista ético. Pues en la película se plantean varios dilemas, o yo al menos así lo he analizado.


El protagonista, Antonio Banderas, encarna el personaje del doctor Robert Ledgar, un cirujano plástico atormentado. La medicina, precisamente, ha avanzado a grandes pasos en los últimos años, surgen nuevas disciplinas en el campo médico como la cirugía plástica pero todavía no es posible dotar de vida a un cuerpo inerte, al modo de Shelly. Pero, ¿se puede cambiar la vida de un sujeto mediante un cambio total de aspecto? Si Kubrick nos enseñó en La naranja mecánica que el ser humano no cambia su personalidad por muchas terapias a las que sometas su mente, Almodóvar o Jonquet nos plantean la posibilidad de cambiar al ser humano modificando su aspecto físico. Cuerpo y alma o cuerpo y mente. ¿Quién prima sobre quién? ¿El aspecto físico condiciona nuestra conducta o la personalidad radica únicamente en la mente? ¿Seremos capaces algún día de realizar una transformación de personalidad modificando cuerpo o conductas? Ahí lo dejo para el posterior debate que seguramente no surgirá.


Otro dilema del filme, tal y como yo lo veo, es emplear el poder de la medicina como justicia “social” o poética. Como castigo que se narra en la película, ríete tú del que inventaban los griegos (Tántalo, Sísifo, Ixión y otros muchos). Claro, que el tomarse la justicia por su mano, se le va de las manos al doctor Ledgar. No es el único caso del que se puede hablar de un empleo trastocado y opuesto al juramento hipocrático que cualquier galeno debe realizar, observar y cumplir, baste con recordar los horrores del doctor Muerte, Josef Mengele, en el campo nazi de Auschwitz durante la barbarie de la Segunda Guerra Mundial. Sin querer comparar, obviamente, la horripilante realidad del pasado con un bello relato de ficción, que no he leído pero que inspiró una película.


martes, 2 de septiembre de 2014

Nunca estuvimos solos

Propone: Iván
Comenta: Rubén



Una de las últimas propuesta de Iván para nuestro cineclub fue Otra Tierra, película de reciente factura, pues data de 2011, dirigida por Mike Cahill quien también co-escribió el guión junto a Brit Marling la cual ganó el premio a la mejor actriz por esta película en el Festival de Sitges en el año de su estreno. La película cuenta en su haber, además de este galardón, el premio especial del jurado del Festival de Sundance; el de sección oficial largometrajes a concurso en el Festival de Locarno y un par de nominaciones, una al mejor director en los premios Gotham y otra a la mejor ópera prima y mejor guión novel en los Independent Spirits Awards.


A veces, las películas que nuestro compañero nos trae albergan más filosofía de la que nos pensamos. Una filosofía que pasa desapercibida, una filosofía que, a lo mejor, sólo es una sensación mía. Y tal vez por eso, cuando vimos esta película recordé la teoría de los tres mundos o tres clases de realidad del filósofo austro-británico Karl Popper.


Según este pensador, tres son las clases de realidad: el mundo 1 (de los fenómenos físicos), el mundo 2 (de los fenómenos mentales) y el mundo 3 (de los fenómenos culturales). Para él, una vez que tenemos materia, nuestra mente adquiere cierta libertad que le permite actuar sobre ella misma y sobre los otros mundos, a la sazón el material y el cultural. Igualmente, los fenómenos físicos o la materia pueden afectar a la mente a través del cerebro y los fenómenos mentales pueden, a su vez, producir ciertos cambios físicos. Una estado báquico de la conciencia (forma algo rebuscada para indicar una intoxicación etílica) o una faz ruborizada pueden servir de ejemplo respectivo. O bien la idea que tiene un arquitecto para una casa (mundo 2, fenómeno mental), la realización material de esa casa (mundo 1, fenómeno físico-material) y la estructura o distribución de la casa (mundo 3, fenómeno cultural). Por cierto, los tres mundos son interactivos entre sí pero irreductibles.
No se puede negar que el mundo 1 ha sufrido diversos y hasta abundantes cambios por efecto de las ideas mentales, o que el mundo 2, nuestras propias vivencias subjetivas, puede alterarse también por influjo y acción de ellas, de las mismas ideas que la mente ha generado y de las diversas implicaciones inesperadas que, tal vez mucho tiempo después de desaparecida esa mente originaria, otra mente es capaz de actualizar a través de su lectura en un libro. Asimismo, las teorías científicas, filosóficas y el arte pueden influir sobre los otros dos mundos.

Y todo esto porque en este film, de repente, surge otra Tierra en el universo. No aparece un planeta habitable o habitado, no. Otra Tierra exactamente igual a la nuestra, con sus mismos habitantes y accidentes geográficos. Es como un reflejo de la nuestra pero con entidad. A lo largo de la cinta se recurre a diversas teorías para explicar este fenómeno. Y ante este panorama, mi retorcida mente empezó a elucubrar que nuestra Tierra sería el mundo 1, la otra Tierra, sin ser un fenómeno mental, yo la asociaría al mundo 2 en parte porque supone una solución imaginativa, y finalmente, el mundo 3 sería nuestra situación cultural. Es bastante difícil defender esta idea sin ser un aguafiestas contador de finales, pero espero que los que la vieron, pueda comentar.


Por cierto, para el concepto de alteridad mejor leer a Simone de Beauvoir y su libro El segundo sexo

viernes, 27 de junio de 2014

Lisístrata 2.0


Propone: Nando
Comenta: Rubén

En la Atenas del año 411 antes de Cristo, el comediógrafo griego Aristófanes estrenaba Lisístrata, su nueva comedia. Por aquellos años, Esparta estaba ganando la Guerra del Peloponeso. Miles de griegos morían en el territorio heleno y la contienda parecía no alcanzar nunca el final.
¿Qué pretendía el autor con esta obra cómica estrenada en un ambiente tan mísero? Una fuerte denuncia contra la guerra. Y, de paso, apuntaba un sistema para conseguir la tan anhelada paz: Las mujeres atenienses y espartanas, la mujeres de toda Grecia se reúnen para convocar una huelga de sexo contra sus maridos y amantes mientras no firmasen el fin de la guerra. Las mujeres toman una iniciativa política para lograr lo que los hombres no habían conseguido en veinte años. Mientras dure la guerra, no habrá sexo. Parafraseando con una pizca de humor a Vegecio: Si vis coitum, para pacem.


Saltamos cronológicamente hasta el 2011 de nuestra Era. Nos dirigimos a un país sacudido por la guerra como es Líbano. Allí, la directora de cine Nadine Labake (Caramel, 2007) rueda su película ¿Y ahora, a dónde vamos? En esta cinta, las mujeres de un pequeño pueblo libanés, cansadas de llorar a sus familiares varones muertos por la guerra religiosa, deciden unirse al margen de sus creencias para intentar poner paz y evitar que mueran más seres queridos de uno y otro bando. En esta ocasión no es una huelga de sexo, pero sí es para poner fin a una guerra.
En este mismo año, el director Radu Mihaileanu (del que ya vimos El Concierto) graba la película La fuente de las mujeres, tomando un poco de allí y de allá. De allí, de la obra aristofánica, toma la idea de que las mujeres hagan huelga de sexo para lograr su objetivo, que si bien es cierto que es algo más trivial que la paz, es igual de importante para la supervivencia y el día a día de su aldea. De aquí, del filme libanés, toma parte de la estética y el frente común femenino organizado.


Es decir, en la película que ahora comentamos, las mujeres de un pueblo indefinido, en algún lugar del norte de África u Oriente Medio, deciden ponerse en huelga de sexo para conseguir que los hombres, trabajando juntos, hagan una canalización para acercar el agua de un arroyo hasta el pueblo. Algo tan sencillo se vuelve titánico. Las pequeñas cosas a veces son las más importantes.
Toda la película, por otra parte, es una bonita metáfora del agua como fuente de vida. El adagio Sin agua no hay vida” es harto conocido, y en algunas canciones que entonan las mujeres de la película se canta que el marido no debe olvidar regar a la mujer, como si fuera una flor, para que sea fértil. Pero si el agua es vida, la sequía que amenaza la región es la muerte. Sin cultivos, están abocados a la hambruna; y la aldea sin hijos está condenada a la desaparición.


Evidentemente, el peso de la película recae sobre las mujeres pues es un film cargado de feminidad. Por su parte, los hombres quedan desplazados, marcados fuertemente por los síntomas del machismo. Sin embargo, no valen generalizaciones pues ni todas las mujeres pactan la huelga ni todos los hombres encarnan valores negativos. Hay, además, algunas otras notas que muestran la difícil situación en que se vive en esos países. Pero la unión hace la fuerza.

Y es que el amor, ya se sabe, es el arma más poderosa del mundo.




lunes, 28 de abril de 2014

Chipre tuvo la culpa

Propone: Nando
Comenta: Rubén
  

Yo abrí el cineclub al cine griego con Nunca en Domingo, José Antonio nos explicó el nuevo Mito de la Caverna platónico con Kynodontas, Víctor nos informó que el mañana dura La Eternidad y un día y Nando me hizo recordar mis veladas gastronómicas sobre cocina griega y mis viajes por el país heleno con Un toque de canela.


Empecemos por un análisis del título, en griego: Politikh kouzina nada tiene que ver con el español Un toque de canela, ya que se podría traducir el original como Cocina tradicional y creo que así recogería más la esencia de la película. Es cierto que la canela es una especia fundamental en los platos de carne de la gastronomía griega, presente en la moussaka, en los asados de cordero, en los guisos de buey... todos platos muy típicos de la cocina tradicional griega que aparecen en la película y muchos otros entrantes (tzatziki, dolmades, tyropitakia) y postres (los dulcísimos y acanelados baklavas) que también se captan al revolotear la cámara sobre cualquier mesa familiar dispuesta para el festín que no todos se cocinan con la dulce y afrodisíaca (según dicen) especia esrilanquesa o ceilandesa. La menta tiene la misma presencia o más, por lo tanto se podría haber traducido por Un toque de menta. Aunque la canela vuelve a la gente más comunicativa.


Pero no nos detengamos en la anécdota de esta película del año 2003, dirigida por Tassos Boulmetis y protagonizada por Georges Corraface (el mismo que de la española La pasión turca) que narra las andanzas de un jovencito griego aficionado a la (g)astronomía por influencia de su abuelo que tiene una tienda de especias. Toda la familia es helena, afincada en Estambul y serán deportados de nuevo a Grecia tras el conflicto entre ambas naciones por la invasión turca a la isla de Chipre. El abuelo permanece en Turquía y promete visitas a su país natal para ver a su familia pero jamás llegan a realizarse tales viajes. Un día, nuestro ya no jovencito protagonista recibe una llamada con malas noticias sobre la salud de su abuelo. Realmente, la película comienza así y aquí pero la historia no sigue un eje cronológico diacrónico, sino que con continuos flashes back la narración salta del pasado al presente y del presente al pasado constantemente. Por cierto, el protagonista es profesor de astrofísica y gastrónomo aficionado. Entonces tiene que regresar a Estambul y a enfrentarse a ciertos aspectos de su pasado. En la película hay un recurrente juego de palabras, se menciona un par de veces que el término gastrónomo lleva dentro el término astrónomo, y la verdad es que la lección gastro-astronómica del abuelo, en el desván de su tienda, combinando especias y planetas me pareció una de las mejores secuencias de la película. “Pimienta: es caliente y quema, ella es el sol, que todo lo ve por eso le va bien a todo; Venus, la más bella de las mujeres, la canela, es dulce y amarga, como todas las mujeres; y luego la Tierra, que alberga la vida y la vida necesita alimentos, y la sal hace los alimentos y la vida más sabrosos”.


La cocina está presente en toda la cinta, los diferentes episodios de la historia se nos presentan a modo de los platos de un menú: los primeros, los segundos, los postres. Es una película muy culinaria, muy bien realizada, muy académica.
Como alguien comentó, es una de esas películas que se ruedan para llevarse el Óscar a la mejor película de habla no inglesa, aunque en esta ocasión no ocurrió.



La película completa se puede ver aquí

viernes, 25 de abril de 2014

¿A la sombra de Tarantino?

Propone: Miguel
Comenta: José Antonio


Música surfera, atracadores trajeados de negro y llenos de sangre hasta las orejas. No estamos hablando de Reservoir Dogs, ni de ninguna otra película de Quentin Tarantino a pesar de que es la imagen que nos viene a la cabeza cuando nos juntan todas estas cosas en la misma frase. Hoy nos toca hablar de "Plata quemada", coproducción hispano-argentina que Miguel nos trajo al cine club. No sé cuánto ha podido inspirar Tarantino a esta película pero sí puedo decir que me acordé de él varias veces viéndola, aunque carezca de sus ágiles diálogos. En ésta suenan demasiado solemnes a veces. De todas maneras, reducir esta película del año 2000 a la copia latina de Reservoir Dogs es un poco injusto por mi parte. Esta obra de cine negro bebe de varias fuentes, como también del "Dos hombres y un destino" de Paul Newman y Robert  Redford.


Protagonizada por Eduardo Noriega, Leonardo Sbaraglia y basada en hechos reales ocurridos en los años 60, "Plata quemada" narra la historia de un atraco a un furgón blindado en Buenos Aires que, como hemos visto muchas veces, sobre el papel era perfecto, pero todo se tuerce y acaba en un tiroteo con policías muertos. Los ladrones se ven obligados a esconderse en Montevideo hasta que las cosas se calmen, mientras son intensamente buscados por las autoridades. Como novedad con respecto a otras películas de fallidos atracos perfectos, los dos protagonistas son una pareja de homosexuales. Los momentos de tensión de sus vidas al límite son la excusa para mostrarnos los conflictos de la pareja. Si en True Detective, la frase es "al final siempre hay un monstruo"; en ésta bien pudiera ser "al final siempre hay una chica". El amor de una mujer se interpondrá en esta pareja de inseparables. Cuando se puso en su día en el Cineclub, compromisos laborales provocaron que pillara la peli empezada, por lo que tuve que verla entera una segunda vez para hacer este comentario. Y debo decir que me gustó más la primera vez que la segunda. Estas luchas internas del personaje de Eduardo Noriega por el conflicto entre su fe católica y sus tendencias sexuales me aburrieron un poco. Con lo que ése "ahora te quiero, ahora no te quiero porque es pecado y ahora te vuelvo a querer", llegó a agotarme un poco. Y es que a Noriega cuando le pones otro buen actor delante, siempre acaba perdiendo con las comparaciones.


Sbaraglia se come la película. No logré empatizar mucho con ninguno de los personajes, cuyo final dista mucho de ser épico. Algunas críticas de la época, la ponían por las nubes, pero creo que la película ha envejecido un poco y los temas que toca ya no son tan escandalosos o morbosos como lo eran cuando se estrenó. Hay muchas escenas de desnudo frontal de los protagonistas, sexo, pero las escenas  de sexo enseñan más cuando está con la chica que con el chico. ¿Un recurso para mostrar el descubrimiento del amor heterosexual?


Casi diría que las escenas de acción están mejor resueltas que aquellas en las que se pretende profundizar en los dramas íntimos de los personajes protagonistas, que son unos momentos más como de relleno. Estoy de acuerdo en eso que se le reprocha a la peli de que no tienes la sensación de ver a personas de los años 60, parecen personajes de ahora. Y esto es un problema si tenemos en cuenta que se quiere contar una historia de amor homosexual, cuando la mentalidad de la sociedad no era igual entonces que ahora. De todas maneras, es un cine policíaco hispano digno de verse, realizado con solvencia, aunque la pondríamos la etiqueta de "del montón" en el caso de haber sido norteamericana.


lunes, 24 de marzo de 2014

Quijotes del siglo XXI

Propone: Julián
Comenta: José Antonio



Siempre he pensado que el equivalente actual de las antiguas novelas de caballerías son los cómics de superhéroes. Por eso, el análogo moderno de nuestro Don Quijote sería un tío que se pusiera mallas de colores, capa y antifaz y saliera a luchar contra el crimen y a impartir justicia por el mundo. La idea  siempre me ha parecido jugosa y ya hay dos películas (al menos que conozca) que se han decidido a abordar el tema. Una fue Kick Ass y la otra es el título que nos trajo el Juli a nuestro Cineclub: Defendor.


Un año separan una cinta de la otra: 2009 y 2010. Defendor es anterior pero dudo mucho que pueda hablarse de plagio. Pese a ser posterior, Kick Ass es una adaptación de un cómic escrito con anterioridad. Así que lo justo sería decir que la idea original fue simultánea entre los guionistas de ambas obras en un momento en el que los superhéroes se estaban consolidando como un género cinematográfico más. Oigo a muchos que se quejan de la cantidad de películas de superhéroes que se hacen, cuando no oigo a nadie que se queje si hacen muchos westerns o películas policíacas. Además teniendo en cuenta la gran cantidad de material que existe, todavía faltan muchas historias por ser contadas. Serían el equivalente quijotesco a todos aquellos que pretendían quemar tan perniciosas obras en la hoguera.


Partiendo de la base de que estos enmascarados son otro género más, es momento de que se vayan diversificando temas. Defendor es una película canadiense realizada para la televisión y protagonizada por Woody Harrelson. Nuestro héroe (o antihéroe) es un retrasado cuya madre fue una prostituta que murió asesinada. Para vengarse, convierte en una cruzada la lucha contra el crimen organizado. Uno de sus principales problemas es que no sabe muy bien a qué carta jugar y si el del drama o de la comedia. Las escenas de las hazañas de Defendor están rodadas con gracia y tienen cierta hilaridad. Toda una declaración de intenciones el hecho de que sólo un tarado en un mundo como el actual es el único que se atreve a salir a luchar contra las injusticias. Sólo un loco emprendería una cruzada por ayudar a los demás. También tiene mala baba la reflexión de que sólo un tarado corre el riesgo de ayudar a una de estas chicas que está siendo explotada por una mafia. En un mundo como en el nuestro, ¿enfrentarse a esta gente es luchar contra molinos de viento?


A pesar de lo que he dicho y aunque pueda parecer contradictorio, me gusta el trasfondo trágico que los guionistas dan al personaje. Sin embargo, las sobreactuaciones de Woody Harrelson dan al traste con estas intenciones trágicas y en todo momento lo que vemos es al actor haciendo el payaso. Kick Ass apuesta claramente por la comedia y se cachondea de todo, hasta de sí misma.

Por otro lado, el formato televisivo se convierte en un lastre para la película, lo cual puede ser un problemón si tenemos en cuenta que nos encontramos en la edad dorada de las series. Este formato televisivo dan la apariencia de que estamos ante una película filmada en los 80 o en los 90, y no en una obra de hace sólo tres años. Se quedó vieja, antes de estrenarse. En resumen, es curiosa pero tampoco vayamos a tirar cohetes. El tema podría haber dado mucho más de sí.