Comenta: Rubén
-Imagina –dijo Sócrates- un chalé provisto de una alta tapia, y unos niños que están en él desde que nacieron, encarcelados en esa prisión de oro; detrás de ellos, sus padres que son como la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre los padres y los niños, una vida aparentemente normal.
- Ya lo veo-dijo Glaucón.
- Pues bien, ahora ve que, a lo largo de esa vida normal, los padres han transformado la realidad cambiando los nombres de los objetos, cuya naturaleza les ha sido negada a los niños y que éstos sólo conocen aquello que sus padres quieren y de la forma que quieren.
- ¡Qué extraña escena describes –dijo Glaucón- y qué extraños prisioneros! ¡Niños sin ir al colegio!
- Iguales que nosotros -dijo Sócrates-, porque en primer lugar, ¿crees que los chavales han visto otra cosa de sí mismos sino las sombras proyectadas por las enseñanzas de los padres que están frente a ellos como nosotros aprendimos de nuestros maestros?
- ¿Cómo -dijo-, si durante toda su vida han sido obligados a permanecer en el chalé sin salir al exterior?
- ¿Y de los objetos aprendidos? ¿No sabrán lo mismo, esto es, lo que sus padres les han contado, enseñado y mostrado?
- ¿Qué otra cosa van a saber?
- Y si pudieran hablar los unos con los otros, ¿no piensas que creerían estar refiriéndose a aquellos objetos y conocimientos en los que han sido instruidos?
- Forzosamente.
- Entonces no hay duda -dijo Sócrates- de que los tales muchachos no tendrán por real ninguna otra cosa más que las enseñanzas de los padres tal y como se las han mostrado.
- Es enteramente forzoso-dijo Glaucón.
- Examina, pues –dijo Sócrates-, qué pasaría si entrase un agente externo y fueran liberados los chicos de su cárcel de oro y curados de su ignorancia, y si, conforme a naturaleza, les ocurriera lo siguiente: Cuando uno de ellos conociera la realidad exterior, y cuando, al conocer todo lo demás, ¿qué crees que contestaría si le dijera alguien que antes no veía más que una realidad deformada por sus padres y que es ahora cuando, hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos y conocimientos más reales, goza de una visión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que hay en el exterior y obligándole a contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos? ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado o sabido, le parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?
- Mucho más-dijo.
-Y si quisiera escapar de la cárcel para ver el mundo exterior y real, ¿no crees que sus padres le pedirían una acción imposible para evitar que saliera, como por ejemplo que se le caigan los dientes caninos a los diecimuchos años, cuando todo el mundo sabe que se caen de pequeño?
- Así es –dijo Glaucón. –Yo al menos así lo haría para protegerlos.
- Entonces no le quedaría más remedio que arrancarse los dientes para poder salir al mundo exterior y real –comentó Sócrates.
(Y esta paráfrasis del Mito de la Caverna platónico es lo que cuenta Kynódontas, la primera película de una empresa de publicidad griega, que se rodó en agosto de 2008 con un presupuesto de 200.000 € y que impactó a nuestro cineclub).















