jueves, 2 de octubre de 2014

Malículas

Propone: David
Comenta: Julián


No sólo de ivanazos vive el hombre.

Con motivo de la proyección de la última semana, y sus consecuencias sobre la salud psicológica de sus espectadores, surgió el debate sobre las películas malas que habíamos visto en el cineclub. Y enseguida empezaron a surgir nombres. Muchas de ellas son consideradas películas de culto. Y es con razón, sólo con algo tan subjetivo como la fe puede explicarse que haya gente que adore semejantes bazofias.

Algunas tal vez sólo es que han envejecido mal y puede que en el momento de su estreno tuvieran su momento de gloria. Pero sólo tal vez.

Y dicho esto, hablar de todas estas películas podría hacer de éste un post infinito, y esa nunca ha sido mi intención, por lo que sólo voy a proponer una lista con las películas que creo que pueden englobarse en esta categoría, con la esperanza (¿vana?) de que los seguidores de este humilde blog opinen sobre ellas, sobre la subjetiva clasificación que he hecho, sobre si merecen estar ahí o no, y sobre cuáles faltan o sobran en esta relación de “malículas”.

-Nada más: primer Antigolfa.
-Pi: el comienzo de la leyenda del ivanazo. Tan mala que ni siquiera merecía el Antigolfa.
-Temporada de patos: me dan ganas de llorar cuando pienso en ella.
-El contrato del dibujante: ¡Buah!
-¿Y tú qué sabes? ¿Y a ti qué te importa?
-Permanent Vacation: No comment.
-Stalker: ¡¡¡3 horas y pico leyendo subtítulos y oyendo hablar en ruso en un tono reposado!!!
-La habitación verde: sí, pero de un verde cansino.
-Un rey en La Habana: Que abdique aunque sea en alguien de su familia, como Fidel.
-El mercader de las cuatro estaciones: ¡Ay los melones!
-El Cuervo de Roger Corman (Serie B, pero B, B, B)
-Cosas que nunca te dije: no podemos confeccionar esta lista sin un tostonazo de la Coixet.
-Familia rodante: por el precipicio del mal gusto hacia abajo.
-De latir mi corazón se ha parado: A mí casi cuando me tragué esto.
-El cuarto ángel: ¿Ese era el Angel Caído?
-Esperando la carroza: eterna se hizo la espera.
-El satiricón de Fellini: ¡Ay, picaruelo!
-Lady Chatterley: franceses modernos con versionando clásicos de la literatura erótica.
-Lokas: gente que grita en Chile.
-Enter the void: recuerdo cosas desagradables y un paseo por Google Earth.
-Daddy-O: tupés rebosantes de caspa.
-Quiéreme si te atreves: el motivo de esta lista.


P.D.: sobre la película de David, Quiéreme si te atreves, Francia 2003, sólo decir que muy guapa Marion Cotillard.

lunes, 29 de septiembre de 2014

El no-contador de historias

Propone: Esther
Comenta: Rubén


He visto en el cineclub dos películas del director japonés Akira Kurosawa, presentadas por dos personas distintas, la primera fue Rashômon a propuesta de Miguel y la otra Vivir, a propuesta de Esther y he llegado, tras el visionado de ambas, a la misma conclusión: El director japonés no te cuenta una historia. Él solamente expone los hechos y tú mismo reelaboras toda esa historia a partir de las narraciones que hacen los personajes que en ella intervienen. Kurosawa más que un narrador es un periodista en el sentido en el que debemos entenderlo, y esto es en el modo de exponer unos hechos sin tomar partido.


En Vivir, cinta japonesa del año 1952, sabemos desde el principio lo que le va a pasar al protagonista, pues un narrador omnisciente nos lo cuenta. Nos adentra en la trama de la historia, como si fuera el prólogo de un libro, el capítulo uno de una larga novela, desvelándonos el final porque a nuestro director no le preocupa el qué se cuenta, le interesa el cómo se cuenta aunque guste Kurosawa de entretenerse en los detalles, en reflejar la cotidianeidad, en aproximarnos a la vida de su protagonista para que podamos luego encajar, como si fuésemos detectives, todas las piezas desordenadas que no se muestran, sino que se cuentan estilo indirecto por boca de los otros personajes, sobre la trama de la película. Involucra de tal manera al espectador, seduciéndolo con vacíos narrativos que se implementan con las posteriores intervenciones desordenadas pero sin llegar al caos de otros actantes y logra hacer al receptor parte activa de la película. Y logra así que la trama sea relato y que el relato sea hilo conductor de los hechos, y que tú deduzcas cosas y hechos, y que unas pistas y narraciones y que acabes montando la película en el orden que desees. Kurosawa puentea al montador y nos ofrece esa posibilidad. Es un relato cerrado desde el primer minuto, pero abierto desde el minuto segundo. Sabemos el final desde el principio, pero no sabemos cómo se logra. Eso queda fuera de cámara pero posteriormente nos adentra en un laberinto de recuerdos, de vivencias pasadas que como las piezas de un gigantesco puzzle vamos extrayendo del montón para ir encajándolas en la vida del señor Watanabe para comprender mejor sus actos.



Esto puede generar un final abierto y, al igual que en Rashômon, quizá no lleguemos nunca a conocer la historia verdadera, pues cada uno puede cerrarla a su antojo, convirtiendo al protagonista en héroe o villano, según su empatía. Una historia que por otro lado le sirve al director nipón para hacer una crítica a la burocracia, para reflejar un País del Sol Naciente sumido en los profundos y drásticos cambios sociopolíticos que tras su derrota militar en la Segunda Guerra Mundial afectaron a su patria. Muestra un país que se debate entre la tradición y la Occidentalización.



Kurosawa deconstruye el cine, como Adrià deconstruyó la tortilla de patatas. Retuerce la sintaxis fílmica tradicional para hacer partícipe al espectador transformándolo en actor; presenta un final al principio cerrado pero abierto; muestra sus cartas y encima farolea y acaba ganándote.

Tan solo lamentar el excesivo metraje de la cinta pues con sus dos horas y cuarto largos acaba tornándose un poco eterna. La caída del telón se hace esperar demasiado pero sin todas las pistas, no puedes resolver el misterio que, aunque no sepas, te ha propuesto ante tus ojos para que lo resuelvas.


 

jueves, 18 de septiembre de 2014

Almodóvar o el moderno Prometeo

Propone: Pedro
Comenta: Rubén



Cuando Mary Shelly, la escritora inglesa del siglo XIX, escribió su novela Frankenstein o el Moderno Prometeo abrió una nueva caja de Pandora en la literatura y en las artes. El elogio de la técnica que se presenta en la novela, y que tanto hizo pensar al filósofo madrileño Ortega y Gasset, contrasta con la crítica contra el mal uso que de ella se puede llegar a hacer. Crear un ser humano surgido de partes de otros y dotarlo de vida gracias a la ciencia puede sonar muy emocionante, pero ¿sería ético realizarlo?


Todo este breve ensayo sobre bioética literaria viene a colación de la película almodavariana La piel que habito, filme del año 2011 del realizador manchego y que otro Pedro, nuestro Pedro, nos trajo al cineclub. El director contó para el reparto con varios de sus actores fetiches, tales como Marisa Paredes, a quien ya dirigió en Todo sobre mi madre, Tacones lejanos y La flor de mi secreto, y Antonio Banderas con quien ya grabó su vieja Átame y su famosa Mujeres al borde de un ataque de nervios. Por cierto, que la película es una adaptación de una novela francesa, escrita por Thierry Jonquet, titulada Tarántula.
En la página web de la película se puede leer el argumento, consultar imágenes y datos sobre la película y varias cosas más, por lo que no me voy a extender aquí y voy a dedicar el comentario, tal y como he hecho al principio, a divagar desde un punto de vista ético. Pues en la película se plantean varios dilemas, o yo al menos así lo he analizado.


El protagonista, Antonio Banderas, encarna el personaje del doctor Robert Ledgar, un cirujano plástico atormentado. La medicina, precisamente, ha avanzado a grandes pasos en los últimos años, surgen nuevas disciplinas en el campo médico como la cirugía plástica pero todavía no es posible dotar de vida a un cuerpo inerte, al modo de Shelly. Pero, ¿se puede cambiar la vida de un sujeto mediante un cambio total de aspecto? Si Kubrick nos enseñó en La naranja mecánica que el ser humano no cambia su personalidad por muchas terapias a las que sometas su mente, Almodóvar o Jonquet nos plantean la posibilidad de cambiar al ser humano modificando su aspecto físico. Cuerpo y alma o cuerpo y mente. ¿Quién prima sobre quién? ¿El aspecto físico condiciona nuestra conducta o la personalidad radica únicamente en la mente? ¿Seremos capaces algún día de realizar una transformación de personalidad modificando cuerpo o conductas? Ahí lo dejo para el posterior debate que seguramente no surgirá.


Otro dilema del filme, tal y como yo lo veo, es emplear el poder de la medicina como justicia “social” o poética. Como castigo que se narra en la película, ríete tú del que inventaban los griegos (Tántalo, Sísifo, Ixión y otros muchos). Claro, que el tomarse la justicia por su mano, se le va de las manos al doctor Ledgar. No es el único caso del que se puede hablar de un empleo trastocado y opuesto al juramento hipocrático que cualquier galeno debe realizar, observar y cumplir, baste con recordar los horrores del doctor Muerte, Josef Mengele, en el campo nazi de Auschwitz durante la barbarie de la Segunda Guerra Mundial. Sin querer comparar, obviamente, la horripilante realidad del pasado con un bello relato de ficción, que no he leído pero que inspiró una película.