lunes, 3 de noviembre de 2014

Aventura crepuscular

Propone: Juli
Comenta: José Antonio



Existen más de cuarenta adaptaciones al cine del personaje de Robin Hood. Hay películas mudas, de dibujos animados, subproductos italianos y grandes producciones protagonizadas por las estrellas más cotizadas en el palmarés hollywoodiense. Sin embargo, en las listas sobre las mejores películas del arquero que robaba a los ricos para dárselo a los pobres, suele aparecer entre los primeros puestos una versión apócrifa en la que se nos cuentan los últimos días del personaje, ya en su madurez. Me estoy refiriendo a Robin y Marian, película de Richard Lester de 1976, protagonizada por Sean Connery y Audrey Hepburn y que nos trajo Julián al Cineclub.


El argumento cuenta el regreso a Inglaterra de Robin Hood y su amigo Little John tras pasar años luchando en las Cruzadas a las órdenes de Ricardo Corazón de León, el monarca por el que lucharon en sus años rebeldes. El tiempo no ha pasado en balde y así se dan cuenta de que el hombre al que pusieron en el trono, se ha convertido en aquello contra lo que luchaban y las cosas siguen exactamente igual en su país. Lady Marian, la eterna novia de Robin, ha ingresado en un convento y ninguno de los dos son ya lo que fueron. Algo que ocurre también con los actores. Ni Sean Connery es ya el James Bond de su juventud, ni Audrey Hepburm es ya el glamuroso personaje que interpretaba en Desayuno con diamantes. Aunque ambos están estupendos en su madurez, lo cierto es que ya no están para muchas cabriolas, ni acrobacias. El tiempo ha pasado para todos y dormir en los bosques ya no es una cosa tan idílica, mientras que en las luchas con espada pueden aparecer los primeros achaques. La antigua prometida de Robin Hood ya está harta de la incertidumbre de no saber si su amado volverá de una pieza cada vez que se embarca en una aventura con los amigotes y por eso ha ingresado en un convento. Le quiere, pero simplemente está harta de tener que esperar a que siente la cabeza. Sin embargo, al protagonizar una nueva rebelión contra el rey todos parecen vivir una segunda juventud y se ven transportados a días que eran más felices y ambos se amaban como dos adolescentes. 


La película tiene un claro toque crepuscular, como buena parte de las películas de los 70. Y la Edad Media ya no es ese sitio en technicolor que veíamos en las películas clásicas, sino que es un lugar sucio e implacable. Ricardo Corazón de León ya no es el rey justo y sabio que nos mostraban en las anteriores versiones de Robin Hood y puede ser tan despreciable como el usurpador Juan Sin Tierra. La película contiene una escena en la que Robin se vuelve a enfrentar a su antiguo enemigo el Sheriff de Nottingham, en un combate que está marcado por el respeto mutuo entre dos antiguos enemigos que vuelven a cruzar sus armas. Porque ese mismo efecto rejuvenecedor que tiene para Robin su nueva rebelión causa el mismo efecto en el sheriff que también recuerda los días en que se medía contra un enemigo admirable. Por cierto, que no es la primera vez que ambos actores se enfrentaban. Robert Shaw, que interpreta al sheriff, ya se vio las cara con Connery en Desde Rusia con Amor como uno de los matones que manda la organización Spectra contra 007. Otra curiosidad más es que Connery volvió al universo de Robin Hood en la versión de los años 90 del personaje que interpretó Kevin Costner. En aquella cinta, el actor escocés se ponía en la piel de Ricardo Corazón de León, el antiguo señor de Robin y que aquí le acaba declarando un proscrito. Cerramos el apartado de anécdotas, contando que Victoria Abril tiene un pequeño papel de apenas quince segundos y en una de sus primeras apariciones en la gran pantalla de su carrera. No hay que olvidar que parte del rodaje se hizo en España, por lo que es lógico que los jóvenes actores patrios de entonces aspiraran a algún papel.

La carrera de la pareja protagonista fue de resultados dispares. Mientras que ésta fue la última gran película protagonizada por Audrey Hepburn, la carrera de Sean Connery pasó a estar mejor valorada y empezó a forjarse la imagen que el actor trasmitió en su madurez, protagonizando mejores películas que las que tenía cuando era un jovenzuelo. Una gran película sobre el amor en la madurez.


jueves, 2 de octubre de 2014

Malículas

Propone: David
Comenta: Julián


No sólo de ivanazos vive el hombre.

Con motivo de la proyección de la última semana, y sus consecuencias sobre la salud psicológica de sus espectadores, surgió el debate sobre las películas malas que habíamos visto en el cineclub. Y enseguida empezaron a surgir nombres. Muchas de ellas son consideradas películas de culto. Y es con razón, sólo con algo tan subjetivo como la fe puede explicarse que haya gente que adore semejantes bazofias.

Algunas tal vez sólo es que han envejecido mal y puede que en el momento de su estreno tuvieran su momento de gloria. Pero sólo tal vez.

Y dicho esto, hablar de todas estas películas podría hacer de éste un post infinito, y esa nunca ha sido mi intención, por lo que sólo voy a proponer una lista con las películas que creo que pueden englobarse en esta categoría, con la esperanza (¿vana?) de que los seguidores de este humilde blog opinen sobre ellas, sobre la subjetiva clasificación que he hecho, sobre si merecen estar ahí o no, y sobre cuáles faltan o sobran en esta relación de “malículas”.

-Nada más: primer Antigolfa.
-Pi: el comienzo de la leyenda del ivanazo. Tan mala que ni siquiera merecía el Antigolfa.
-Temporada de patos: me dan ganas de llorar cuando pienso en ella.
-El contrato del dibujante: ¡Buah!
-¿Y tú qué sabes? ¿Y a ti qué te importa?
-Permanent Vacation: No comment.
-Stalker: ¡¡¡3 horas y pico leyendo subtítulos y oyendo hablar en ruso en un tono reposado!!!
-La habitación verde: sí, pero de un verde cansino.
-Un rey en La Habana: Que abdique aunque sea en alguien de su familia, como Fidel.
-El mercader de las cuatro estaciones: ¡Ay los melones!
-El Cuervo de Roger Corman (Serie B, pero B, B, B)
-Cosas que nunca te dije: no podemos confeccionar esta lista sin un tostonazo de la Coixet.
-Familia rodante: por el precipicio del mal gusto hacia abajo.
-De latir mi corazón se ha parado: A mí casi cuando me tragué esto.
-El cuarto ángel: ¿Ese era el Angel Caído?
-Esperando la carroza: eterna se hizo la espera.
-El satiricón de Fellini: ¡Ay, picaruelo!
-Lady Chatterley: franceses modernos con versionando clásicos de la literatura erótica.
-Lokas: gente que grita en Chile.
-Enter the void: recuerdo cosas desagradables y un paseo por Google Earth.
-Daddy-O: tupés rebosantes de caspa.
-Quiéreme si te atreves: el motivo de esta lista.


P.D.: sobre la película de David, Quiéreme si te atreves, Francia 2003, sólo decir que muy guapa Marion Cotillard.

lunes, 29 de septiembre de 2014

El no-contador de historias

Propone: Esther
Comenta: Rubén


He visto en el cineclub dos películas del director japonés Akira Kurosawa, presentadas por dos personas distintas, la primera fue Rashômon a propuesta de Miguel y la otra Vivir, a propuesta de Esther y he llegado, tras el visionado de ambas, a la misma conclusión: El director japonés no te cuenta una historia. Él solamente expone los hechos y tú mismo reelaboras toda esa historia a partir de las narraciones que hacen los personajes que en ella intervienen. Kurosawa más que un narrador es un periodista en el sentido en el que debemos entenderlo, y esto es en el modo de exponer unos hechos sin tomar partido.


En Vivir, cinta japonesa del año 1952, sabemos desde el principio lo que le va a pasar al protagonista, pues un narrador omnisciente nos lo cuenta. Nos adentra en la trama de la historia, como si fuera el prólogo de un libro, el capítulo uno de una larga novela, desvelándonos el final porque a nuestro director no le preocupa el qué se cuenta, le interesa el cómo se cuenta aunque guste Kurosawa de entretenerse en los detalles, en reflejar la cotidianeidad, en aproximarnos a la vida de su protagonista para que podamos luego encajar, como si fuésemos detectives, todas las piezas desordenadas que no se muestran, sino que se cuentan estilo indirecto por boca de los otros personajes, sobre la trama de la película. Involucra de tal manera al espectador, seduciéndolo con vacíos narrativos que se implementan con las posteriores intervenciones desordenadas pero sin llegar al caos de otros actantes y logra hacer al receptor parte activa de la película. Y logra así que la trama sea relato y que el relato sea hilo conductor de los hechos, y que tú deduzcas cosas y hechos, y que unas pistas y narraciones y que acabes montando la película en el orden que desees. Kurosawa puentea al montador y nos ofrece esa posibilidad. Es un relato cerrado desde el primer minuto, pero abierto desde el minuto segundo. Sabemos el final desde el principio, pero no sabemos cómo se logra. Eso queda fuera de cámara pero posteriormente nos adentra en un laberinto de recuerdos, de vivencias pasadas que como las piezas de un gigantesco puzzle vamos extrayendo del montón para ir encajándolas en la vida del señor Watanabe para comprender mejor sus actos.



Esto puede generar un final abierto y, al igual que en Rashômon, quizá no lleguemos nunca a conocer la historia verdadera, pues cada uno puede cerrarla a su antojo, convirtiendo al protagonista en héroe o villano, según su empatía. Una historia que por otro lado le sirve al director nipón para hacer una crítica a la burocracia, para reflejar un País del Sol Naciente sumido en los profundos y drásticos cambios sociopolíticos que tras su derrota militar en la Segunda Guerra Mundial afectaron a su patria. Muestra un país que se debate entre la tradición y la Occidentalización.



Kurosawa deconstruye el cine, como Adrià deconstruyó la tortilla de patatas. Retuerce la sintaxis fílmica tradicional para hacer partícipe al espectador transformándolo en actor; presenta un final al principio cerrado pero abierto; muestra sus cartas y encima farolea y acaba ganándote.

Tan solo lamentar el excesivo metraje de la cinta pues con sus dos horas y cuarto largos acaba tornándose un poco eterna. La caída del telón se hace esperar demasiado pero sin todas las pistas, no puedes resolver el misterio que, aunque no sepas, te ha propuesto ante tus ojos para que lo resuelvas.