Propone: David
Comenta: José Antonio

"Días de vino y rosas" fue todo un cambio de registro para Jack Lemmon como actor, aunque también para su director Blake Edwards (otro más habituado a moverse en el campo de la comedia). Después de ver Mad Men, es tópico hablar de lo mucho que se fuma en esa serie. Pero yo añadiré también lo mucho que se bebe. A las horas más intempestivas del día siempre están con la copa en la mano, sin hielo y a palo seco. En semejante ambiente es en el que se mueve el protagonista de "Días de vino y rosas". Una agencia de publicidad en la que el trabajo de relaciones públicas y la vida social provoca que uno siempre acabe con una copa de más. Así es como el personaje de Jack Lemmon y el de su esposa, interpretado por Lee Remick, acaban sumergiéndose en el problema del alcoholismo. Todo empieza como una inofensiva comedia romántica en la que chico conoce a chica. Sutilmente, el alcohol está presente en casi todas las escenas. De pronto, un día se encuentran con que la botella ha acabado dominando todas y cada unas de las facetas de su vida. El matrimonio se va hundiendo en una carrera hacia la autodestrucción, en la que llegan a perder cualquier atisbo de dignidad y abandonan todas sus responsabilidades con tal de conseguir un trago. Una adicción en la que se puede entrar fácilmente, pero de la que es muy difícil salir. No hay finales felices, ni atisbo de esperanza. Más bien de supervivencia y de tratar de seguir adelante. Eran comienzos de los añós 60 y todavía el consumo de drogas no estaba tan extendido, pero la película muestra un proceso de degradación del individuo muy similar. Es una historia de una crudeza nunca vista en una película de Blake Edwadrds, cuyas comedias con el paso del tiempo tendieron a hacerse menos sofisticadas y derivar al gag de dibujo animado.

"Días de vino y rosas" en una película para entender qué es el alcoholismo y en el que aparecen todos los pasos que va dando quien padece esta adicción. Lo que antes era considerado en la sociedad como un problema de moral y orden público, aquí se presenta crudamente como una enfermedad. Hasta ese momento, lo habitual en el cine era mostrar al borrachín, como un personaje secundario y divertido, que ponía la nota cómica en momentos en los que había que rebajar la tensión. Edwards cambia radicalmente el modo de enfocar al borracho en el cine. Billy Wilder, otro maestro del séptimo arte, ya había tratado el problema del alcoholismo previamente en Días sin huella, pero como aún no la he visto no puedo opinar sobre ella. Destacaré también la banda sonora de Henry Mancini, el compositor habitual de Edwards, como Steven Spielberg tiene a John Williams y Tim Burton a Danny Elfman. Y esto es todo chicos, nos seguimos leyendo en el debate. (O al menos eso espero).