viernes, 14 de febrero de 2014

Peck desencanta

Propone: Manuel
Comenta: José Antonio


Los años 70 fueron una época de desencanto. Todo el optimismo y los aires de cambio que se iniciaron en los 60 se fueron al traste a la siguiente década. Una serie de acontecimientos fueron conformando una sociedad más cínica y escéptica: el asesinato de Kennedy, la guerra de Vietnam, la dimisión de Nixon. En el cine todo también fue sometido a revisión. Los lugares idílicos de las aventuras clásicas resultaron ser unos sucios y alejados del romanticismo que aparecían en la pantalla. El western no era tan bonito, los piratas eran asesinos sin escrúpulos y la guerra no era tan heroica. Los finales que eran felices ya no tenían por qué serlo tanto. Y en este contexto tenemos una de esas joyitas que Manuel nos trajo el Cineclub Golfa: Yo vigilo el camino de Johh Frankenheimer rodada en el año 1970.


Frankenheimer pertenece a una generación de directores que procedía del medio televisivo, la primera que empezó trabajando para la pequeña pantalla y luego dio el salto a la grande. Durante los 60 hizo algunas de sus mejores películas como Siete días de mayo (que cuenta un golpe de estado militar en los Estados Unidos) y El mensajero del miedo (película que seguro habrán visto mucho los guionistas de Homeland). Yo vigilo el camino era una obra desconocida para mi hasta ahora de este director. No es uno de sus mejores trabajos, pero me dejó un buen sabor de boca. Conforme avanzaron los 70 y los 80, Frankenheimer fue haciendo thrillers más convencionales y se le fue pasando el arroz, a nivel artístico. Uno de sus últimos éxitos fue Ronin con Robert DeNiro al frente del reparto.


Yo vigilo el camino está protagonizada por un Gregory Peck en plena madurez con un papel que se aleja de los clásicos papeles de galán y de héroe que venía encarnando. Su personaje es aparentemente nuestro Peck de siempre, la buena persona y de correctos principios. Pero ha llegado a un punto en el que se ha aburrido de la monotonía de su vida y entra en una espiral de autodestrucción que hasta él mismo sabe que no puede terminar nada bien. El protagonista es el sheriff de un pueblecito de la América profunda, encargado de proteger a un atajo de paletos por el que no puede evitar sentir más que hastío, atrapado en un matrimonio en el que la pasión hace tiempo que murió y cuidando de su anciano padre con demencia senil. Un día se enamora de la hija adolescente del clan responsable de una destilería ilegal que se acaba de afincar en el pueblo. Sólo esa sensación de vida desperdiciada en el que se ha convertido su existencia puede explicar cómo puede elegir meterse en una relación que cualquiera con dos dedos de frente, y el personaje de Peck los tiene, está abocada a la fatalidad. Además se trata de un amor no correspondido. La joven sólo está con él incitada por su padre y sus hermanos para poder controlarle y asegurarse de que la Ley no interfiere en sus negocios. Los sentimientos que la joven despierta en el maduro sheriff provocan que éste se enfrente al vacío de su existencia y entre en una dinámica en la que sólo puede reaccionar ante lo que le ocurre y sabiendo que el único camino que tiene es seguir hacia adelante. Aunque eso signifique pasarse al lado oscuro (expresión que como todo fan galáctico sabe se inventó muchos años después). La historia debió ser toda una conmoción para todos aquellos que crecieron con una imagen idealizada de Aticus Finch (el inolvidable personaje de Peck en Matar a un ruiseñor, y que figura en nuestro cuadro de honor) al ver cómo su héroe se deja corromper por una jovencita. Quizá el liarse en alguien que podría ser su hija, incluso su nieta, se explique por el afán de su personaje por entregarse a una inocencia que añora y que sabe que hace muchos años que dejó atrás. Como planteaba en Vértigo, ¿se ha enamorado de la persona o de la imagen ideal que él se ha formado de ella?



Otro aspecto destacado de la peli es el papel del ayudante que está encarnado por Charles Durning, que es el prototipo del déspota con placa, a quien le encanta abusar de su cargo y disfruta haciendo sufrir a todos los que infringen la Ley. No es que se corrompa, es que ya está corrupto. La historia está acompañada de una excelente banda sonora de Johnny Cash que da la atmófera adecuada a la película. Todo constata que los felices 60 quedaron atrás. Es la era del desencanto.

1 comentario:

Esther Marín dijo...

Buenos días sanvalentineros!
Me agrada ver cómo se extiende el término "desencanta" de mi tesis, y muy bien usado! En efecto, todo es sucio en ese pueblo de cuyo nombre no quiero acordarme, y más todavía aquel que pretende ser el mejor. Me encantó la peli y tu análisis.