viernes, 6 de marzo de 2015

Los cuernos pesan en el estómago

Propone: Víctor
Comenta: Rubén



Tengo por costumbre no leer un libro en cuya primera página haya un polvo. Me parece un recurso paupérrimo intentar captar mi atención con sexo antes de presentarme al protagonista. Por eso cuando vi la primera escena de “El vientre de un arquitecto” me puse receloso. Una pareja fornicando en un compartimiento de un tren nocturno que circulaba atravesando la frontera entre Francia e Italia no es, para mí por esta razón, la mejor manera de empezar una narración.


Pues quiso Víctor añadir un corolario a mi ciclo sobre Roma con esta película, rodada en la urbe fundada por Rómulo. Y la verdad es que las vistas que de la ciudad eterna muestra la cinta son magníficas. “El vientre de un arquitecto” es una película de 1987, dirigida por Peter Greenaway (director un tanto tabú en nuestro cineclub desde su ivanazo “El contrato del dibujante”) y protagonizada por el hipocondríaco Brian Dennehy. He leído críticas dispares sobre esta película: o te gusta o la detestas, pero no encontré término medio.


La cinta cuenta el viaje del famoso arquitecto estadounidense Stourley Kracklite y su mujer a Roma para dirigir una exposición en el Vittoriano sobre otro arquitecto, el francés Étienne-Louise Boullée, cuya obra se inspiró en gran medida en el Panteón de Agripa, encargado de realizar el cenotafio de Newton en plena corriente neoclasicista y racionalista que no se realizó. Una vez en Roma, su mujer es seducida por un encargado poco honrado de la exposición, a la vez que a nuestro arquitecto le empieza a doler el estómago, y poco a poco se convierte en una obsesión. Finalmente, resulta ser un cáncer y no un aviso de las infidelidades de su mujer con el italiano. Lenta y sutilmente, el amante de la mujer va suplantando al arquitecto en todos los aspectos, no solo sentimentales o sexuales, sino también en la dirección de la propia exposición.

Para mí, la película habla de la fugacidad de la vida, de lo efímero del tiempo en algunos casos (como un billete de una libra ardiendo) o por el contrario de las obras eternas como el Panteón. Sin duda la vida está presente en ella, pues la película empieza generándola y termina con una muerte. El león joven destronando a un león ya viejo incapaz de mantener su dominio.




Tal vez el cáncer que sufre el protagonista sea una metáfora sobre algo que yo no alcanzo a identificar, pero al igual que la mujer del arquitecto gesta en su vientre durante nueve meses a su hijo, él desarrolla, en la misma zona, un cáncer que lo llevará a una tumba en vida. Vida y muerte. Gestación de vida y gestación de muerte. Principio y fin. Es revelador el comienzo de la película, pues la cámara se detiene en un cementerio, anticipando ese origen y final. Mientras crean vida, la cámara se recrea en los nichos. Y así, cuando nace el niño, muere el padre.


Por cierto, en casi toda la película predomina el color blanco: en las ropas de los protagonistas, en los mármoles del Vittoriano, en el pastel de la primera cena romana...


Debo añadir, como nota negativa, que en la película hay varias infidelidades a la Historia, se comenta, por ejemplo, que el Panteón lo construye Adriano cuando todo el mundo sabe que lo realizó Agripa en el reinado de Augusto.

4 comentarios:

Juli dijo...

Uy Cuántas cosas! El tedio me impidió percibir esa profusión de detalles. Y lo que sí sabe todo el mundo es que el Partenon está en Atenas y los vitorinos son unos toros muy fieros.

J. Antonio dijo...

Yo estoy en el grupo de quienes no le soportan. Un señor que se atreve a dar lecciones sobre la previsibilidad en el cine y que desde el inicio de su carrera ha hecho exactamente la misma película. Ya sea cocinero, arquitecto o dibujante, con cierto carácter despótico, siempre vemos caer a sus protagonistas en el momento en que están en la cima de sus carreras. Cambia la época y los actores, para tapar que siempre nos cuenta lo mismo. Y me irrita que este señor me hable de la muerte del cine, cuando en el fondo sólo ha venido a hablar de su libro.

Pep Sirvent dijo...

Es cierto que Greenaway no deja indiferente (véase el comentario precedente). El problema, en mi opinión, es que es más un artista plástico que un director de cine. No se puede negar su capacidad para crear imágenes poderosas, planos bien compuestos, pero a menudo da la sensación de que no hay nada detrás, y una película no puede ser una sucesión de cuadros, por hermosos que estos sean.

De todas formas debo añadir que esta me irritó menos que la otra. Serán los actores, será Roma o vaya usted a saber qué será...

Víctor dijo...

Muy bien medido comentario el tuyo, que me parece que acota y destaca perfectamente lo fundamental en esta película. Realmente no queda nada que agregar (tampoco podía faltar la precisión histórica, quizás innecesaria como en alguno de mis propios comentarios han sido las precisiones astronómicas, pero siempre hay una razón para incluirlas).

Probablemente sea la más equilibrada entre la producción del galés Greenaway, cuyas películas fueron objeto en su día del característico fetichismo cultural que a veces se concede a ciertos artistas: esto de la cultura no deja de ser un mercado que muchas veces reacciona por capricho (aún recuerdo una entrevista a Almudena Grandes, en la que a la pregunta "¿Cuál es la última película que le ha hecho llorar?" respondía «El cocinero, el ladrón, la mujer y su amante», a sabiendas de que la respuesta podría parecer rara).

Es un realizador sin duda demasiado idiosincrásico, que prodiga excesos visuales y de todo tipo, aunque en algunas cosas no le falta razón (cuando habla de un cine muerto, que ha devenido entretenimiento ya demasiado previsible); pero también creo que José Antonio da en el clavo (y no es por hacerle la rosca, ya no hace falta, ya estoy aquí) con lo que escribe: se le ve el plumero, hay que decirlo, aunque a mí esto no me irrite demasiado --a veces, hasta me cae simpático. Por desgracia, esos excesos suyos terminan por quitar interés a lo que al fin y al cabo no dejan de ser películas.