martes, 8 de enero de 2008

Doce hombres sin piedad


Y David nos trajo su segunda película, y no tuvo piedad de nosotros.
Pero la verdad es que se lo agradecemos, porque nos trajo una obra maestra del cine, dirigida por Sidney Lumet, protagonizada por Henry Fonda en 1957, y basada en una obra de teatro escrita por Reginald Rose. La atmósfera que consigue crear el cineasta nos transporta a un estrecho escenario donde el calor asfixiante se mezcla con la tensión de los miembros de un jurado que debe decidir sobre un acusado de asesinato, y cuyo nerviosismo contrasta con la tranquilidad con la que uno de los miembros reflexiona sobre los datos aportados en el juicio, sobre esas supuestas pruebas irrefutables que a priori se mostraban definitivas, pero que a la larga, no lo fueron. Cada miembro del jurado parece "de su padre y de su madre", es decir, en ellos se reflejan varios estereotipos de la sociedad de la época, que bien podían pasar por estereotipos de la nuestra: desde el frívolo aficionado al béisbol al meticuloso contable, pasando por el padre frustrado y el anciano facha lleno de prejuicios.
Después de la proyección, comenzó un animado debate sobre el sistema judicial: ¿juez o jurado popular? Cuestión sobre la que cada golfo expuso su opinión inicial y después se trató de hacer como en la película: convencerlos uno a uno para que pasasen al otro lado. No fue tarea fácil, y no lo conseguimos, entre otras cosas, porque no era cuestión de que nos diesen ahí las uvas, que camino llevábamos. O más bien, por la hora, podían habernos dado el café con leche y churros del desayuno. Menos mal que se impuso la sensatez y la obligación laboral del día siguiente y nos fuimos todos a casa a eso de la 1 y media de la madrugada.
De lo que pasó en el camino a casa podemos hablar otro día o generar otro debate.

2 comentarios:

culpable de ser inocente dijo...

La verdad es que fue uno de los debates más animados que recuerda el cineclub. Miguel estaba empeñado en no dejarnos salir hasta que no hubiera unanimidad. Por momentos aquello parecía el ángel exterminador.

Anónimo dijo...

qien eres? culpable de serlo?