Comenta: Pepe

Por otro lado, los temas elevados y banales no existen. Son la misma cosa. Los culebrones de sobremesa y los grandes clásicos salen del mismo sitio, hablan de los mismos temas. “La diferencia es el arte”, escribió Irvin que escribió Garp. El talento, podríamos decir. La forma, pero no sólo. El contenido da la importancia, es la forma la que consigue la emoción. No puede haber estética sin ética, nos decían. A mi el silogismo me funciona en simetría: Sin estética,no hay ética que valga. El arte, como escribió Irvin que escribió Garp, es eso que combina forma y contenido, ética y estética. Y cuando sale bien es milagroso. Es grandeza. Y en el siglo XVI hubo un inglés al que le salía bastante a menudo.
El fulano se llamaba William Shakespeare, y dice el tópico que si hubiera nacido en el siglo XX hubiera sido guionista de cine. Majaderías, seguramente. Los si fuera (que me perdone Rafaella) son sandeces, pero una cosa es verdad: es quizás el autor clásico más adaptado, sus historias aparecen una y otra vez, abierta o veladamente. Y es que es algo más que gente declamando en mallas. Es contemporáneo, es moderno, precisamente porque es clásico, porque es atemporal.
Y así hemos cerrado una trilogía (una tetralogía, si contamos la proyección fuera de concurso de Mi Idaho privado), dedicada a adaptaciones de obras de Shakespeare, de las más canónicas (Brannagh), a las más audaces (Gus Van Sant), pasando por la mezcla respetuosa (Welles) y acabando con este Forbidden Planet (Fred M. Wilcox, 1956), que adapta La Tempestad situándola en un futuro de naves espaciales, muchachos multihormonados, muchacha con ganas de experimentar, robot michelinoso y viejo científico loco y mentalista. Como curiosidad no tiene precio. Lástima que la diferencia sea el arte. Encanto tiene.