
Propone: Carlos
Comenta: Pepe
Una moto con sidecar llega a un pueblo ficticio (localizado en la serranía de Albacete). La montan Luis Ciges y Antonio Resines, a la sazón padre e hijo, y el primer habitante del pueblo que encuentran es un negro vestido de pastor. El resto del pueblo está en misa, ya que el cura es algo cercano a una pop star. El maestro canta góspel. El médico es un sibarita del buen morir, su mujer pare gemelos de forma instantánea, en los bancales crecen hombres como si fueran coles, la puta del pueblo se elige por riguroso sufragio universal, el suicida intercambia su papel con un personaje huérfano de frase, un argentino es encarcelado por plagiar a Faulkner, los borrachos hacen cola en el bar para recibir ordenadamente su dosis mientras discuten de existencialismo.
El etcétera puede ser tan largo como queráis. Las situaciones se suceden con rapidez y acelerado delirio, entrando y saliendo de la escena los intérpretes que conforman uno de los repartos más espectaculares que se recuerdan. Lección de historia del cine español.
Chanante antes del chanantismo, Amanece que no es poco (José Luis Cuerda, 1988) es una película delirante, absurda, surrealista a más no poder y que sin embargo refleja de forma retorcida pero magistral las esencias de esta cosa que llamamos España (algunos dirán de la España profunda, pero a mi me suena a pleonasmo), esas cosas que tanto atacó Machado y a las que Unamuno acabó cogiéndoles cariño. Y es que nada refleja mejor nuestra esencia, y también nuestra historia, que la tendencia a tratar de forma normal lo que es un puro sinsentido. Y la contradicción. Y la capacidad para lo más sublime y lo más brutal en cada uno de nosotros. Y el sentido del humor, por supuesto.
Con todo lo que ha llovido, y con lo que aún tiene que llover, no es poca cosa conservarlo y poder decir, aunque no sepamos por dónde saldrá el sol, “Amanece, que no es poco”.